Cada vez es más frecuente observar una escena que hace apenas unos años habría parecido extraña. Un estudiante se sienta a leer un texto. Antes de terminar el primer párrafo ya le ha llegado un sonido y una vibración desde su celular y ha sentido el impulso de revisar la notificación, responder un mensaje o cambiar de aplicación. No es falta de inteligencia ni de interés. Es la dificultad creciente para permanecer el tiempo suficiente frente a una misma idea. Esa escena, repetida millones de veces cada día, puede estar diciéndonos mucho más sobre el futuro de la educación que cualquier reforma curricular.
Hace unos días se conocieron los resultados de las pruebas PISA y el mensaje fue contundente. Los niveles de desempeño de millones de estudiantes alrededor del mundo continúan cayendo. La comprensión lectora registra uno de sus peores momentos en décadas. Las matemáticas siguen la misma tendencia. Las ciencias apenas logran sostenerse. La OCDE ha sido prudente: la pandemia explica parte del fenómeno, pero no todo. La caída ya había comenzado antes y responde a cambios mucho más profundos.
Como suele ocurrir, el debate se concentró rápidamente en las respuestas tradicionales. ¿Hace falta más inversión? ¿Hay que cambiar los currículos? ¿Necesitamos formar mejor a los docentes? ¿Debemos incorporar más tecnología? Todas son preguntas necesarias. Sin embargo, quizás estamos dejando de lado una condición previa, casi invisible, sin la cual ninguna reforma educativa puede prosperar: la capacidad de prestar atención.
Aprender siempre ha exigido atención. Leer una novela, comprender un problema matemático, escuchar una explicación, escribir un ensayo o participar en una conversación requieren permanecer durante un tiempo relativamente prolongado sobre una misma idea. La educación nunca ha dependido únicamente de transmitir conocimientos. Siempre ha dependido de la posibilidad de sostener la mente en aquello que vale la pena comprender.
Pero algo está cambiando.
En los últimos meses ha comenzado a popularizarse un término que, aunque no constituye un diagnóstico médico, describe con enorme precisión una sensación compartida por millones de personas: el cerebro popcorn. David Levy lo acuñó para describir un cerebro acostumbrado a tal cantidad de estímulos digitales que el mundo real empieza a parecer lento, silencioso y hasta aburrido. Como el maíz pira que estalla sin parar en una olla caliente, nuestra atención salta permanentemente entre notificaciones, mensajes, videos cortos, titulares y nuevos contenidos.
No se trata de demonizar la tecnología. Nunca ha habido tanto conocimiento disponible ni tantas herramientas extraordinarias para aprender. El problema es el tipo de entrenamiento cognitivo que pueden producir cuando cada minuto, incluso cada segundo, está diseñado para captar, interrumpir y volver a capturar nuestra atención.
La economía digital descubrió hace tiempo que la atención es el recurso más valioso del siglo XXI. Cada segundo que permanecemos frente a una plataforma tiene un valor económico. Por eso los algoritmos no fueron diseñados para que terminemos rápido y salgamos satisfechos, sino para mantenernos allí el mayor tiempo posible. El resultado es un entorno que premia la novedad constante en tiempos muy cortos y dificulta cada vez más la concentración profunda.
A este desafío se suma otro que apenas comenzamos a comprender. La inteligencia artificial está transformando la forma en que los estudiantes aprenden y Colombia ofrece una señal que merece toda nuestra atención. Mientras los resultados de PISA muestran un deterioro preocupante en competencias fundamentales, los estudiantes colombianos se encuentran entre quienes más reportan utilizar inteligencia artificial para realizar sus tareas. La IA puede convertirse en un tutor extraordinario cuando ayuda a comprender, cuestionar y profundizar. Pero si se utiliza para evitar el esfuerzo de leer, escribir, resolver problemas o construir un argumento propio, termina debilitando precisamente las capacidades que buscamos fortalecer. La respuesta no es prohibirla, sino enseñar explícitamente a usarla con criterio. De lo contrario, corremos el riesgo de sumar a una crisis de atención una creciente dependencia de herramientas que piensan por nosotros en lugar de ayudarnos a pensar mejor.
Los adolescentes son especialmente vulnerables. Su cerebro todavía está desarrollando funciones esenciales como el control de impulsos, la planificación, la regulación emocional y la atención sostenida. Diversas investigaciones comienzan a encontrar asociaciones entre el consumo intensivo de medios digitales, especialmente cuando se realiza en multitarea, y mayores dificultades de concentración, peor calidad del sueño, menor perseverancia y más problemas emocionales. Ninguno de estos estudios afirma que la tecnología sea la única responsable. Pero todos apuntan en la misma dirección: el contexto en el que crecen nuestros jóvenes está modificando la manera en que aprenden y cómo se desarrolla su cerebro.
Quizá por eso los resultados de PISA no deberían sorprendernos tanto. No porque las redes sociales expliquen por sí solas el descenso mundial. Sería una simplificación injusta. Influyen también la pandemia, las desigualdades, las dificultades económicas, las brechas educativas, la formación docente y muchos otros factores. Sin embargo, todos esos esfuerzos encuentran un límite si los estudiantes llegan al aula con una capacidad cada vez menor para sostener la atención durante el tiempo que exige aprender.
Hay una imagen que resume bien el desafío. Imaginemos a un profesor intentando explicar una idea compleja mientras compite, de manera invisible, contra miles de horas de videos de 15 segundos cuidadosamente diseñados para producir una descarga inmediata de dopamina. No compite únicamente contra un teléfono. Compite contra una forma distinta de funcionamiento de la atención.
Quizás el problema educativo más importante de nuestra época no sea la falta de información. Nunca habíamos tenido tanta. Tampoco la falta de tecnología. Lo verdaderamente escaso empieza a ser la capacidad de permanecer presentes. De leer con calma. De escuchar hasta el final. De tolerar el esfuerzo intelectual que requiere comprender algo difícil antes de recibir una recompensa.
Esto obliga a ampliar nuestra definición de calidad educativa. Educar ya no consiste únicamente en enseñar matemáticas, ciencias o literatura. También implica formar la atención. Enseñar a convivir con la tecnología sin quedar sometidos a ella. Enseñar a utilizar la inteligencia artificial como una herramienta para pensar mejor, no para pensar menos. Recuperar espacios donde el pensamiento pueda avanzar sin interrupciones permanentes. Volver a valorar el aburrimiento, la conversación larga, la lectura sostenida, el juego libre y el silencio como escenarios donde el cerebro también aprende.
En Colombia esa conversación ya comenzó. Cada vez más colegios han decidido restringir el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar. No se trata de una cruzada contra la tecnología ni de un intento por regresar al pasado. Es una decisión pedagógica sustentada en una creciente evidencia sobre cómo la sobreestimulación digital afecta la concentración, la convivencia y el aprendizaje. Que la Secretaría de Educación de Bogotá haya decidido avanzar en esa misma dirección resulta especialmente significativo. Más que una medida disciplinaria, representa el reconocimiento de que proteger la atención es también una responsabilidad del sistema educativo.
Los resultados de PISA deberían preocuparnos. Pero quizá la verdadera advertencia no está solamente en los puntajes. Está en el hecho de que estamos formando una generación que tendrá acceso a más información y a herramientas más poderosas que cualquier otra en la historia y, al mismo tiempo, enfrentará una dificultad creciente para detenerse el tiempo suficiente como para convertir esa información en conocimiento.
Quizás la educación del futuro no dependerá únicamente de enseñar mejor matemáticas, ciencias o literatura. Dependerá, primero, de proteger la capacidad humana que hace posible cualquier aprendizaje: la atención. Porque antes de formar ingenieros, médicos, artistas o científicos, tendremos que asegurarnos de que nuestros niños y jóvenes aún conserven la capacidad de detenerse, mirar el mundo con curiosidad y permanecer el tiempo suficiente frente a una idea como para comprenderla de verdad. Si queremos mejores resultados educativos, tendremos que empezar por cuidar aquello que hace posible cualquier aprendizaje. La batalla más importante de la educación ya no es únicamente por el conocimiento. Es, cada vez más, por la atención.