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Lo que la música enseña

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Camilo Camargo
14 de mayo de 2026 - 05:03 a. m.
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¿Se imagina un mundo sin música?

Hace unos días les hice esa pregunta a un grupo de estudiantes. La reacción fue inmediata. Algunos se rieron nerviosamente, otros abrieron los ojos con incredulidad y varios simplemente hicieron cara de horror. “Sería tristísimo”, dijo una estudiante. “Sería demasiado aburrido”, respondió otro. Uno más, después de quedarse pensando unos segundos, dijo algo que se me quedó grabado: “Sería como vivir sin emociones”.

La escena me hizo pensar en algo profundamente paradójico. La música está presente en prácticamente todos los momentos importantes de la vida humana. Está en las celebraciones, en las despedidas, en los estadios, en las marchas, en las iglesias, en las fiestas familiares, en los audífonos de millones de jóvenes que caminan por las ciudades tratando de entender quiénes son. Y aun así, en muchos sistemas educativos, la música sigue siendo vista como algo secundario.

Como si fuera un lujo; como si fuera un complemento; como si lo verdaderamente importante estuviera en otra parte.

Pero basta mirar con atención para entender que la música no es periférica en el desarrollo humano. La música estructura buena parte de nuestra relación con el lenguaje, con las emociones, con la cultura y con el aprendizaje mismo.

De hecho, una de las conexiones más interesantes aparece desde los primeros años de vida. Mucho antes de leer formalmente, los niños reconocen ritmos, patrones, sonidos y repeticiones. Las canciones infantiles, las rondas y las rimas ayudan a desarrollar conciencia fonológica, una habilidad fundamental para aprender a leer. El cerebro comienza a identificar sonidos, pausas, secuencias y relaciones entre palabras a través de experiencias musicales.

No es casualidad que tantos procesos de alfabetización temprana incorporen música. El ritmo organiza. La repetición fortalece memoria. La melodía captura atención. Y todo eso crea condiciones poderosas para el aprendizaje.

Sin embargo, reducir la importancia de la música únicamente a su impacto cognitivo sería quedarse corto. Tal vez una de sus contribuciones más profundas tiene que ver con algo mucho más humano: la capacidad de sentir.

Vivimos en una época donde hablamos constantemente de salud mental, ansiedad, bienestar emocional y desconexión. Y en medio de todo eso, la música sigue siendo uno de los pocos lenguajes universales capaces de acompañar emocionalmente a las personas. Hay canciones que ayudan a procesar pérdidas. Otras que permiten sentirse acompañado. Algunas nos llenan de energía. Otras nos permiten llorar. Muchas veces los jóvenes no encuentran palabras para explicar lo que sienten, pero sí encuentran una canción que los representa.

La música, en ese sentido, también educa emocionalmente.

Y además conecta culturalmente. Porque detrás de cada género musical hay historias, territorios, identidades y formas de ver el mundo. En un país como Colombia, donde la diversidad cultural es inmensa, la música es también memoria colectiva. El vallenato cuenta historias. El currulao conecta con el Pacífico. La cumbia mezcla raíces indígenas, africanas y europeas. El bambuco habla de otras regiones y sensibilidades. La música no solo entretiene, transmite quiénes somos.

Por eso preocupa cuando las experiencias musicales empiezan a desaparecer o a reducirse en los colegios. Cuando los programas artísticos se debilitan porque “hay que priorizar”. Cuando tocar un instrumento se vuelve un privilegio y no una oportunidad formativa accesible para más estudiantes.

Porque además hacer música transforma. No solamente escucharla. Hay algo profundamente educativo en ensayar durante semanas para que una pieza finalmente salga bien. Hay algo valioso en descubrir que un coro depende de escuchar al otro. Que una banda necesita coordinación, paciencia y disciplina. Que equivocarse hace parte natural del proceso. Que mejorar requiere práctica.

En un mundo marcado por la inmediatez, la música recuerda algo esencial: hay procesos humanos que no se pueden acelerar.

Tal vez por eso los espacios musicales suelen generar algo tan poderoso en las comunidades educativas. Los conciertos, las bandas, los musicales y los ensambles no solo producen resultados artísticos. Construyen identidad, pertenencia y vínculos. Un estudiante que encuentra un lugar en la música muchas veces encuentra también un lugar en la comunidad.

Y aquí aparece una pregunta importante. ¿Estamos hablando únicamente de música o del arte en general?

Sin duda el arte, en todas sus expresiones, cumple un rol fundamental en la formación humana. El teatro desarrolla empatía. Las artes visuales fortalecen observación y creatividad. La danza conecta cuerpo y expresión. Todas son esenciales. Pero la música tiene algo particularmente transversal. Nos acompaña desde antes de aprender a hablar hasta el final de la vida. Cruza generaciones, culturas y contextos sociales. Vive simultáneamente en lo íntimo y en lo colectivo.

Quizá por eso la reacción de esos estudiantes frente a la idea de un mundo sin música fue tan visceral. Porque intuitivamente entendían algo que los adultos a veces olvidamos: la música no es un accesorio de la vida humana. Es parte de lo que la hace habitable.

Y tal vez la educación debería recordarlo más seguido.

Porque educar no es solamente transmitir información o desarrollar habilidades técnicas. También es ayudar a formar sensibilidad, identidad, emoción, conexión y humanidad. Y en ese proceso, la música no ocupa un lugar marginal. Ocupa uno esencial.

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