Cada generación de adultos ha repetido el mismo diagnóstico sobre los jóvenes: que están distraídos, que no se esfuerzan, que no toleran la frustración. Cambian las tecnologías, cambian los contextos, pero la conclusión parece eterna: “no tienen motivación”. Sin embargo, tal vez la pregunta correcta no sea por qué están desmotivados, sino por qué seguimos intentando motivarlos de maneras que no funcionan.
El psicólogo estadounidense David Yeager, en su libro 10 to 25: The Science of Motivating Young People, propone una idea que incomoda y al mismo tiempo libera: entre los 10 y los 25 años no estamos frente a una etapa de incompetencia, sino frente a una ventana extraordinaria de sensibilidad al respeto, la pertenencia y el propósito. El comportamiento adolescente no es señal de incapacidad; es señal de motivaciones profundas mal comprendidas. Los jóvenes están buscando algo que muchas veces no encuentran en la escuela, en la casa o en la sociedad: sentirse tomados en serio.
La adolescencia es una etapa en la que el cerebro está creciendo más que en otros momentos y se vuelve particularmente sensible al estatus y al reconocimiento. Se trata de una necesidad biológica de saber que uno importa, no una vanidad superficial. Cuando un joven percibe humillación, indiferencia o trato condescendiente, su cerebro activa respuestas similares al dolor físico. Cuando percibe respeto y altas expectativas, se activa el compromiso. La diferencia es enorme, aunque a veces pase desapercibida en la rutina diaria.
En nuestra cultura educativa solemos movernos entre dos extremos. Por un lado, el control rígido: más reglas, más sanciones, más presión externa con la esperanza de que el miedo produzca disciplina. Por otro, la sobreprotección: bajar la exigencia para evitar frustraciones, reducir el reto para que nadie se sienta mal. Ninguno de los dos caminos produce motivación profunda. El primero genera obediencia momentánea, el segundo genera comodidad sin crecimiento.
Yeager propone una tercera vía: la mentalidad del mentor. El mentor combina altas expectativas con alto apoyo y transmite un mensaje claro: “Creo en ti, y por eso te exijo”. No baja el estándar, pero tampoco abandona al joven frente al desafío. Explica las razones detrás de las decisiones, pregunta más de lo que pide y entiende el estrés como parte del proceso de fortalecimiento. Cuando un estudiante entiende para qué sirve una tarea difícil y cómo esa dificultad lo ayuda a crecer, el esfuerzo deja de sentirse arbitrario y empieza a tener sentido. El estrés no desaparece, pero cambia de significado: ya no es amenaza, es entrenamiento.
Uno de los hallazgos más potentes de la investigación sobre motivación juvenil es que el esfuerzo aumenta cuando los jóvenes perciben impacto más allá de sí mismos. Decirles que estudien “para el futuro” resulta abstracto. Necesitan sentir que lo que hacen hoy tiene consecuencias reales: que mejora la vida de alguien, que contribuye a su comunidad, que responde a un problema concreto. El propósito convierte la obligación en compromiso. Cuando un proyecto tiene destinatarios reales, cuando una clase conecta con preguntas auténticas, cuando un joven descubre que su trabajo importa, la energía cambia. La pregunta deja de ser “¿esto entra en el examen?” y se convierte en “¿esto transforma algo?”.
A esto se suma un factor decisivo: la pertenencia. Aprender exige una mínima seguridad emocional. Nadie se arriesga a equivocarse, y todo aprendizaje implica equivocarse, si siente que no encaja o que será juzgado. En entornos donde la comparación constante y la etiqueta temprana definen la experiencia, muchos jóvenes concluyen que no pertenecen al mundo del rendimiento académico. Y cuando alguien siente que no pertenece, se desconecta como mecanismo de protección. La motivación se apaga no por pereza, sino por autopreservación.
Aquí aparece una idea que merece más atención pública: la excelencia inclusiva. No se trata de reducir el nivel para que todos “pasen”, sino de aumentar los apoyos para que todos puedan aspirar alto. Durante demasiado tiempo hemos confundido mérito con un punto de partida privilegiado. La motivación florece cuando el estándar es alto y el acompañamiento es real, no cuando la exigencia desaparece. Cada joven necesita escuchar que puede llegar lejos, y al mismo tiempo recibir las herramientas para hacerlo.
Tal vez el cambio más profundo que propone esta mirada no sea metodológico, sino cultural. Implica dejar de ver a los jóvenes como problemas que corregir y empezar a verlos como potencial que desarrollar. Implica preguntarnos qué señales estamos enviando los adultos: si explicamos las razones detrás de las normas, si escuchamos antes de imponer, si mantenemos expectativas altas incluso cuando fallan, si mostramos que la dificultad no es una señal de incapacidad sino un paso hacia la maestría.
La motivación no se instala desde afuera como una aplicación nueva. Se cultiva en la experiencia cotidiana de sentirse respetado, desafiado y acompañado. Los jóvenes no necesitan menos exigencia ni más sermones; necesitan adultos que crean en su capacidad y que les ofrezcan razones para creer también en ella. Cuando eso ocurre, la energía no hay que forzarla, aparece.