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¿Por qué vamos al colegio?

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Camilo Camargo
22 de enero de 2026 - 05:02 a. m.
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En los últimos años, la educación en Colombia ha empezado a sentir, con creciente intensidad, los efectos de una crisis estructural. Esto se ve por menores números de estudiantes, con un gran impacto en las instituciones educativas. En Bogotá, al menos 134 colegios privados han cerrado desde 2023 y el número total de instituciones privadas pasó de 1.540 en 2021 a solo 1.374 en 2026. A esto se suma que, según estimaciones del sector, al menos 100 colegios no oficiales están en riesgo de cerrar en los próximos dos años, debido a factores como la baja matrícula y el aumento de los costos operacionales.

A nivel nacional, el panorama es aún más preocupante. Más de 6.000 colegios han cerrado sus puertas en Colombia en los últimos seis años, en su mayoría por falta de matrícula, lo que representa una de las mayores contracciones del sistema escolar privado del país. Esta reducción está directamente relacionada con una drástica caída en los nacimientos: en 2024 nacieron 453.901 personas, una cifra 35 % inferior a la registrada en 2008 y 12 % menor que en 2023. Colombia tiene hoy una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo, con apenas 1,1 hijos por mujer, muy por debajo del promedio global y de la tasa de reemplazo poblacional.

En paralelo, también ha aumentado el número de familias que han optado por educar a sus hijos en casa, un modelo conocido como homeschooling. Esta decisión, en muchos casos, responde al deseo de tener mayor flexibilidad curricular, de adaptar el ritmo de aprendizaje a las necesidades del niño, o de incorporar una formación más alineada con las convicciones familiares. El aprendizaje en casa puede permitir una experiencia más individualizada, fomentar la autonomía y reducir las presiones del entorno escolar tradicional. Sin embargo, también conlleva importantes desafíos: la falta de socialización con pares, las limitaciones en infraestructura, la dificultad de ofrecer experiencias interdisciplinarias y la carga adicional que representa para las familias asumir el rol de docentes. A esto se suma que el aislamiento prolongado de un entorno escolar, aunque voluntario, puede generar efectos similares a los que se vivieron de manera forzosa durante la pandemia.

Durante los periodos más estrictos del aislamiento en 2020 y 2021, las escuelas y colegios de Colombia, como los de muchos países, cerraron sus puertas y se vieron forzados a migrar a modelos de educación a distancia. Más de nueve millones de estudiantes colombianos dejaron de asistir regularmente a clases presenciales y tuvieron que adaptarse a modalidades mediadas por pantallas, radio o televisión. Estos cambios, aunque necesarios por razones de salud pública, profundizaron brechas que ya existían y crearon otras nuevas en términos de acceso, calidad y acompañamiento educativo.

En Colombia y en gran parte del mundo, la reapertura de los colegios fue recibida con alivio no solo por los estudiantes que deseaban volver a ver a sus compañeros, sino por padres, docentes y expertos que reconocían que la presencialidad es una pieza clave para un aprendizaje más completo. Las aulas no solo son espacios donde se imparten contenidos, sino donde se ponen a prueba habilidades como la comunicación, la creatividad, la negociación, el trabajo en equipo y la resolución de problemas reales. Son lugares donde se aprende a escuchar opiniones distintas, a argumentar, a negociar diferencias, a construir relaciones humanas profundas.

¿Por qué, entonces, seguir yendo al colegio? ¿Qué valor tiene hoy asistir a una institución educativa si todo parece estar disponible en línea, si los contenidos están a un clic, si hay otras formas de aprender? ¿Qué sentido tiene caminar cada mañana hacia un aula?

Ir al colegio es, antes que nada, una forma de aprender a estar con otros. En el aula compartimos más que lecciones: aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a identificar lo que nos gusta y lo que nos cuesta. Aprendemos a equivocarnos y a levantarnos. Aprendemos que el aprendizaje no es lineal ni solitario, sino una experiencia compartida. Los compañeros, los profesores, las conversaciones en los pasillos, los debates en clase, los juegos en los descansos, las frustraciones, los logros: todo hace parte de una educación que no se reduce a contenidos, sino que forma carácter, sensibilidad, pensamiento y criterio.

Y justamente en este mundo saturado de información, asistir al colegio también significa aprender a pensar por uno mismo. Nunca ha sido tan importante formar el pensamiento crítico como ahora. Cada día, millones de adolescentes acceden a noticias, videos, publicaciones y opiniones de todo tipo. Pero tener acceso no es lo mismo que saber interpretar. El pensamiento crítico no se aprende solo navegando por redes sociales o consultando buscadores: se cultiva en entornos que invitan a cuestionar, a contrastar ideas, a defender argumentos con evidencia, a escuchar con respeto y a cambiar de opinión cuando hay razones para hacerlo. Esos entornos, bien diseñados, son los colegios.

Además, asistir al colegio implica desarrollar habilidades socioemocionales fundamentales como la empatía, la resiliencia, la responsabilidad o la gestión de conflictos. Estas no se enseñan en un libro ni en una videoclase: se viven. Se aprenden cuando hay una discusión en grupo, cuando se necesita negociar con alguien diferente, cuando se enfrenta una frustración o se recibe una crítica. La interacción humana directa sigue siendo el mejor espacio para aprender a ser persona, a convivir, a construir relaciones saludables y a trabajar por objetivos comunes.

Estar en un colegio como el Colegio Los Nogales, por ejemplo, no es una garantía automática de éxito, sino una oportunidad: una oportunidad para descubrir lo que nos apasiona, explorar diferentes formas de conocimiento, construir relaciones enriquecedoras y practicar habilidades que nos servirán para la vida. Todo esto, más allá de las notas o los exámenes, tiene que ver con formar personas completas, críticas, capaces de interpretar el mundo y de contribuir positivamente a su entorno.

Tomar ventaja de ese entorno es, al final, una elección individual. Cada estudiante está llamado a decidir cómo quiere vivir su experiencia educativa, qué tan activo quiere ser en su propio proceso de aprendizaje y crecimiento y qué tipo de persona quiere llegar a ser. Estar presente no basta: es necesario comprometerse, involucrarse, preguntar, explorar, desafiarse y aprovechar las oportunidades que ofrece la comunidad educativa.

Porque la educación no es solo una instancia temporal de la vida, una etapa que se cumple, sino un fundamento para las decisiones futuras. Aprender a pensar, a discernir, a convivir, a manejar la incertidumbre y la complejidad del mundo es algo que se cultiva, sobre todo, en espacios de interacción humana real como el colegio.

Así, mientras muchas instituciones luchan por sobrevivir y otras han tenido que cerrar sus puertas, la educación presencial sigue siendo un pilar esencial para el desarrollo de los jóvenes y de la sociedad. No se trata únicamente de llenar una silla en un aula: se trata de hacer de ese espacio un lugar donde se construyen ideas, valores, relaciones y competencias para la vida.

Estar en el colegio es una oportunidad que debe valorarse, entenderse y aprovecharse con intención. Porque al final, más allá del acceso a la información y más allá de la tecnología, el verdadero aprendizaje ocurre en la interacción, en la reflexión y en el ejercicio activo de vivir y pensar con otros.

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