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El desastre que nos deja el primer gobierno de izquierda de Colombia en los temas de seguridad, fiscal, energético y salud, entre otros, es una oportunidad para repensar juntos un modelo que nos permita soñar con un país desarrollado que garantice la defensa de la vida digna para todos, trabajando con un propósito común. Esto requiere entender que el modelo de crecimiento anterior, fundamentado principalmente en el “crecimiento poblacional” no va más, nuestro baby boom se acabó. Si queremos crecer tiene que ser vía productividad y masiva inversión, como lo hicieron los países asiáticos. Sin un nuevo modelo de crecimiento, terminaremos como Puerto Rico, exportando jóvenes y con un país pobre para jubilar viejos en lugar de ser ricos antes que viejos. Cuando comparamos la productividad, en la que Estados Unidos es 100, Chile tiene 38 % y Colombia solo 22 %.
Hoy tenemos un PIB de 430 billones (BN) $US. Para crecer arriba del 5 % necesitamos una tasa de inversión/PIB mayor al 30 %, que equivalen a 120 BN $US por año. Pero como solo invertimos el 16 %, tenemos que crear condiciones para que cada año lleguemos al menos 60 US$ BN adicionales. Esto se logrará con un paquete de inversiones que privilegien primero la seguridad física, jurídica y económica. Debemos enfocarnos en energía abundante, barata, confiable y sostenible con inversiones marginales de más de 15 BN $US año, masiva infraestructura que conecte al país, una política de transparencia, confianza y seguridad jurídica con simplificación de todo tipo de trámites. Necesitamos vivienda, desarrollo urbano y agropecuario, reindustrialización y amplia minería que provea regalías para manejar el creciente costo pensional y de desarrollo y, sobre todo, una política social cuyo imperativo sea mínima pobreza.
Pero esto no es suficiente. Requerimos una clara política exportadora que no se logra teniendo una de las más altas tasas tributarias del mundo. Si tuviéramos deducibilidad de inversiones que logren bajar la tasa efectiva al 20 %, una tributación sobre exportaciones nuevas del 15 %, y más contratos de estabilidad jurídica, sería fácilmente demostrable que el supuesto sacrificio de tasas bajas se compensa generosamente con el mayor crecimiento del producto de estas inversiones.
La historia demuestra que políticas macro estables son condiciones necesarias pero insuficientes en un país cuyos economistas mayoritariamente desconocen y desprecian la microeconomía. Se necesitan instituciones simples y creíbles, total facilitación de inversión y de migración de capital humano avanzado, ventanillas únicas que integren licencias, aduanas, suelo, energía, logística, permisos sanitarios, con plazos máximos y trazabilidad digital –Costa Rica las usa para reducir tiempos, costos y elevar certeza jurídica–, fomento a I+D, transferencia de tecnología, formación de capital humano técnico y tecnológico –sin la trampa de Fecode, que nos condena a una mediocre formación del talento–. El SENA, las universidades regionales y empresas deben codiseñar currículos ligados a vacantes reales en manufactura avanzada, electrónica, mantenimiento, automatización, logística, inglés y software. También agroindustria sofisticada, metalmecánica liviana, farma y dispositivos médicos, BPO/KPO/software, autopartes, química especializada, y servicios logísticos. Es posible ser un país desarrollado, pero hay que acordar los cambios y el camino.
