Hablando con participantes de la transición española a la democracia, que derivó en los Pactos de la Moncloa, hay una serie de decisiones relevantes para el caso colombiano. Una muy importante por lo pragmática y concreta fue la del sindicalista Cándido Méndez: “La realidad más improbable fue encontrarse con organizaciones ideologizadas que creían en el conflicto, victoria o derrota, y había que pasar del conflicto al problema”. Cambia el énfasis al centrarse en buscar soluciones, al pasar de la ideología al problema. La lucha ideológica envenena las conversaciones y nos aparta de las soluciones porque da la espalda a los verdaderos problemas.
Los ejemplos en Colombia abundan. Recientemente, la destrucción del sistema de salud y un proyecto de reforma laboral a la fuerza, basados en fundamentos ideológicos, no mejoran la salud ni estimulan la creación de empleos de calidad. Pasa igual con la destrucción de recursos fiscales de origen minero o energético, en contra de la evidencia pero apoyada en una ideología, así como insistir en estatizar persiguiendo al sector privado, que produce empleos de calidad y paga impuestos.
Pero el caso más dramático que separa a la izquierda democrática de la revolucionaria es el conflicto de 60 años con esta izquierda representada por las FARC, el ELN, el EPL y el M-19, que han dicho defender “justas causas”, pero han asesinado a miles de ciudadanos —la mayoría campesinos—, han secuestrado, reclutado menores, extorsionado y sembrado minas. Sin embargo, algunos sectores y funcionarios tratan de disminuir la gravedad de los crímenes argumentando que ha sido “por una buena causa”. La misma que se repite en Cuba, donde miles de personas pasaron al paredón y a las cárceles; en Venezuela, con una brutal violación de los derechos humanos; en Nicaragua; en Rusia y en la China de Mao, con millones de muertos.
Aprendiendo de la experiencia española, hay que crear un verdadero programa de reconciliación nacional; entender que cuanto más fuerte el disenso, con voluntad de encuentro entre opuestos, más sólido es el consenso; encontrar, como en España, una voluntad de convivir que requiere coraje; aceptar que la discrepancia legitima la democracia. En Colombia vimos cómo el discurso de Santos, que nos dividió entre amigos y enemigos de la paz, resultó en un fracaso casi total; cómo la esperanza de una seguridad democrática que alcanzó mejoras sustanciales fue demonizada por una izquierda revolucionaria que, valiéndose de los vergonzosos hechos de algunos militares con un actuar criminal, destrozó esta alternativa.
El actual Gobierno, con su sesgada ideología de izquierda revolucionaria, en lugar de buscar un consenso en democracia para llegar a las mejoras sociales que se necesitan, nos las quiere imponer. Lleva casi la mitad de su periodo y las ejecutorias para la implementación del Acuerdo de Paz son mínimas, según un informe del Kroc Institute, pero la culpa es de los que tenemos una ideología diferente. Ahora, amañando interpretaciones, quiere reelegir su ineptitud. ¿Produce esto la supuesta paz o arregla los verdaderos problemas de seguridad y desarrollo? Como alternativa debemos unir a la izquierda, el centro y la derecha democráticas en un programa que reconstruya la esperanza, para que pasemos de la ideología a los problemas.