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Una de las dramáticas situaciones de las grandes ciudades de Latinoamérica es la crítica condición de millones de ciudadanos que viven en las zonas más pobres, muchos de los cuales no han podido ser alcanzados por los subsidios del Estado, compatriotas con hambre, sin empleo y que requieren soluciones RÁPIDAS. Aquí es donde los Programas de Desarrollo Comunitario o Community-Driven Development (CDD) —iniciativa jalonada por el Banco Mundial (BM) en muchos países, llegando a decenas de miles de soluciones— pueden ser aplicados inmediatamente por los gobiernos municipales, especialmente de las grandes ciudades. Se trata de contratación directa con la comunidad de obras barriales de bajo valor, de menos de $100 millones por obra y alto impacto vecinal. Hablamos de arreglo de vías de acceso a barrios, soluciones de saneamiento, comedores comunitarios, jardines infantiles, mejoras en dotaciones de acueductos, mejoramiento de sanitarios en instituciones educativas, granjas urbanas, senderos peatonales, etc.
Lo transformador de la metodología CDD (no hay espacio para explicarla en extenso) es que fundamentalmente se basa en el principio de que cuando la contratación de las obras se hace con la participación de toda una comunidad, trabajo local, claras reglas de rendición de cuentas y con incentivos o penalizaciones, el resultado es asombroso porque es casi inexistente que los dineros se pierdan. La comunidad conoce cuánto vale la obra, que dinero se les entregará, el costo de los materiales y los salarios que se pagarán a la gente más necesitada, y finalmente se realiza el trabajo. En la casi totalidad de casos que conocí no se perdió un centavo, sino que en la mayoría sobró dinero. Caso distinto es lo que pasa en las consultas previas donde la comunidad está representada por unos supuestos “líderes” que reciben los recursos, pocas cuentas presentan y muchas veces terminan apropiándose de la mayoría de los dineros, tema sobre el cual hay abundante evidencia. La metodología CDD no es nueva; de hecho, hay abundante experiencia, especialmente por parte de nuestra Agencia de Renovación del Territorio, que ha realizado más de 1.060 proyectos en municipios PDET.
En este caso necesitamos CDD barriales en ciudades grandes, de la mano de las alcaldías locales y ojalá con la probada metodología del Banco Mundial, ya que las obras definidas por las propias comunidades se ejecutan bajo los principios de transparencia, participación, empoderamiento local y rendición de cuentas descendente, acompañadas de un apoyo técnico y financiero adecuado. Según el BM, “la experiencia ha demostrado que cuando a las comunidades se les dota de reglas claras y transparentes, acceso a la información, y apoyo técnico y financiero adecuados, las comunidades pueden organizarse eficazmente para determinar sus prioridades y abordar problemas locales trabajando de la mano de gobiernos locales y otras instituciones para desarrollar proyectos de pequeña escala y prestación de servicios básicos”. Pero acometer estas iniciativas tiene sentido en la medida en que hablemos de intervenciones masivas, no de cinco o diez obras por ciudades capitales, sino de centenares o miles de iniciativas de bajo valor y alto impacto comunitario y en el empleo.
