En noviembre de 2022, la prestigiosa revista The Economist celebró cómo el planeta había alcanzado que más de la mitad de la población mundial fuera de clase media o más. Esto contrasta con el desastre social que en Latinoamérica ha logrado la pésima gestión de la izquierda y que empezamos a ver en Colombia con medidas que, bajo una supuesta pedagogía y superioridad moral, pretenden “educarnos” cuando la realidad es que, combinadas, van a aumentar sustancialmente la alta pobreza que tenemos.
Cuando válidamente hablan de promover una alimentación saludable para beneficio de todos, que pudiera manejarse con campañas de salud pública, gravaron con impuestos al azúcar y alimentos ultraprocesados, impactando los precios de productos cuyo consumo mayoritario es de estratos populares, empobreciéndolos.
Con el lógico planteamiento de aumentar la producción nacional, acuñaron la peregrina idea de eliminar la Bienestarina porque tiene elementos importados, con profundos impactos en la nutrición infantil, condenándolos al retroceso.
Con el ánimo de formalizar los expendios de comidas y bebidas en el régimen simple, especialmente las pymes, reactivan el impuesto al consumo que pasa al consumidor y empobrece el pequeño negocio.
Como los vehículos “son para los ricos”, se aumenta fuertemente el impuesto a la gasolina que impacta los costos generales de transporte, aumenta la inflación y genera más pobreza.
Al congelar los peajes de las vías que requieren mantenimiento, se afectará gravemente la pésima calidad de nuestra malla vial. Pero como las grandes vías son “para importar productos para los ricos”, no importa. ¿Y qué pasará con los productos nacionales y de campesinos? De nuevo más miseria. Y de paso los pasajes aéreos aumentan un 40 %.
Al dejar de pagarles a los hospitales para que entren en crisis y mediante esta demostrar que “el modelo no sirve”, se desprotegerá a los más necesitados y se obligará a más demanda de medicina particular, que también empobrecerá, como lo harán los proyectos de ley prohibiendo semillas mejoradas genéticamente, privando al colombiano de productos con altísima productividad.
Imponer un arancel del 40 % a las prendas importadas aumentará el precio de la ropa en perjuicio de la población.
Hablan constantemente del cambio climático, pero gravan energías como las hidroeléctricas, consideradas renovables y limpias mundialmente, lo que evidentemente nos empobrece, pero callan frente a la deforestación de la coca. Con el supuesto argumento de defender al pueblo promovieron el paro del 2021, que según estudios del Banrepública aumentó los costos un 12 % más que los países de la OCDE, en detrimento de todos. Esta cadena de medidas obedece a un premeditado plan de “decrecimiento”, de “empobrecimiento”, para agudizar el discurso de que el modelo fracasó (lo hicieron fracasar) para culpar a los supuestamente neoliberales y grandes intereses, y posteriormente mediante el voto electrónico premiar la miseria con cajas CLAP a quienes voten por ellos. Recordemos frases de algunos presidentes de izquierda latinoamericanos: “la revolución se trata de mantener a los pobres, pobres, pero con esperanza porque los pobres son los que votan por nosotros”, “y cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derecha y viene el problema”.