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En la casa de Paloma cabemos todos

Carlos Enrique Moreno

10 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.

Colombia llega a esta elección fracturada. La división no es nueva ni tampoco lo es que algunos candidatos la usen como combustible en lugar de sanarla. Iván Cepeda ha construido su campaña sobre sus propios odios: al uribismo, a la centroderecha que llama ultraderecha y a la democracia liberal. Su argumento no es un proyecto para mejorar el país; lo que pretende es un cambio del modelo económico y político para implementar el fallido comunismo.

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Abelardo de la Espriella tiene ruta igualmente extrema: ducho en defender rufianes y sin experiencia en administración pública ni en política, se proclamó el verdadero heredero del uribismo, aunque curiosamente desoyó la recomendación de su fundador, negándose a participar en la consulta y dividió el partido. ¿Esto lo hace una persona confiable? No será la primera vez que usando los valores del Centro Democrático se pretenda llegar a la presidencia; ya lo vivimos en el 2010.

En ese panorama aparece Paloma Valencia con una propuesta que rompe la lógica de la exclusión: en su casa cabemos todos, excepto los bandidos y los corruptos. La prueba más elocuente no está en un discurso, está en su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, quien piensa distinto, viene del dato y no del debate ideológico. Elegirlo no fue un gesto simbólico: fue una declaración de principios. Si en el tiquete caben dos personas tan distintas y brillantes, es porque en el Gobierno que proponen tiene espacio la Colombia real: diversa, contradictoria, compleja, trabajadora y con valores.

Se le ha criticado que convocan aliados de partidos tradicionales y hasta petristas arrepentidos. Es una crítica que merece una respuesta honesta: Colombia está en un punto de inflexión. Si Cepeda gana, el modelo cubano-venezolano se consolida aquí. Frente a ese riesgo concreto, las diferencias históricas entre centroizquierda, centroderecha, liberales y conservadores no desaparecen, sino que se ponen en perspectiva. Defender ese bien superior no es traición ideológica, es madurez política. Su programa no es una colección de promesas, es un diagnóstico honesto y un método. Cinco bombas que hay que desactivar: seguridad, salud, energía, corrupción y confianza para invertir, y cinco apuestas para una Colombia que produce, incluye, conecta y conserva.

Paloma, como mujer, tiene claros los dolores de la familia colombiana que hoy son muchos: el reclutamiento de los hijos, perder la vida por un celular, las largas colas para no conseguir un medicamento o una cita, trabajar para pagar extorsiones, los exagerados costos del gas y energía fruto de una fallida política energética, el crédito gota a gota al que recurre el trabajador informal, el joven que se esfuerza por una educación que no le abre puertas, y familias que se acuestan con hambre en un país rico, entre otros.

Colombia tiene hoy una gran oportunidad. La mayoría del país, trabajadores, empresarios, campesinos, jóvenes, indígenas, afros, creyentes y ateos, todos quieren lo mismo. Que el miedo no mande. Que cada peso público llegue a donde debe llegar. Que los hijos tengan más oportunidades. Esa mayoría silenciosa cabe en la casa de Paloma. La pregunta es si votará unida o va a desperdiciar este momento en trincheras que solo le sirven a los bandidos y a los corruptos, que ya saben a quién apoyarán.

Nota. El autor tiene relación familiar con Álvaro Uribe, líder del Centro Democrático.

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