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Dentro de la multiplicidad de razones para la protesta, podemos distinguir dos grandes grupos. Una protesta legítima, pacífica, de una juventud inconforme que no encuentra empleo ni un futuro claro, y otros que no representan al pueblo en ninguna latitud, como claramente lo dice la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo: “Nadie que ponga en jaque el tejido productivo de su país que produce empleo, sufraga escuelas y servicios sociales puede hablar a nombre del pueblo; nadie que promueva la división social, la desestabilización del país, el empobrecimiento es un patriota; es una falta de escrúpulos apelar a lo que sea para llegar al poder”.
Para la protesta pacífica juvenil, un diálogo profundo de jóvenes, Gobierno y sector productivo puede arrojar luces sobre cómo multiplicar el tamaño de este sector para producir las oportunidades de desarrollo regional, inclusión y sostenibilidad que reclama Colombia.
Pero debemos hacer claridad frente a los que utilizan la protesta extorsivamente, porque a través de la violencia y destrucción pretenden obtener reivindicaciones sociales y en última instancia el poder. Militan allí unos líderes chupópteros (personas que viven sin trabajar aprovechándose de otras y que pueden ganar uno o más sueldos: RAE).
Nuestros chupópteros están desconectados de la realidad productiva del país porque nunca han producido nada, viven del Estado y de las cuotas que les proveen las organizaciones afines a sus intereses políticos, consideran que lo merecen todo sin entregar nada, a juzgar, por ejemplo, por los malos resultados que muestra la educación en Colombia, capturada por Fecode.
Este grupo de chupópteros merecidos aprovecha la oportunidad para que milicias urbanas del Eln, Farc, JM-19, venezolanas, pagando a sus primeras filas, destrocen todo a su paso y generen provocaciones que, al ser confrontadas por la Fuerza Pública, faciliten la narrativa de que tenemos un Estado cuya Fuerza Pública masacra a la población que “pacíficamente protesta”. No tan curiosamente, entre sus peticiones está impedir la fumigación de los cultivos de coca y por ninguna coincidencia terminan quemando las casas de justicia. ¿Existen expedientes “inconvenientes”?
La evidencia en las redes de pagos a estas milicias y el asesinato de líderes sociales señalan que posiblemente Colombia está de nuevo frente a hechos violentos de narcotráfico, que nos recuerdan la quema del Palacio de Justicia por la alianza del M-19 con Pablo Escobar y el chantaje al que este nos sometió.
Estos chupópteros, a pesar de su muy baja representación, se atribuyen unas supuestas acciones a “nombre del pueblo”, promueven sin ningún tipo de escrúpulos la destrucción del sector productivo y el empobrecimiento que dicen combatir. Como bien lo expresa la diputada española, el que “en nombre del pueblo destruye al pueblo para llegar al poder comete un delito de leso patriotismo… ningún error del gobierno justifica lo que está pasando; están aprovechando las legítimas preocupaciones para tumbar no solo al gobierno sino la democracia, el orden constitucional”. Y termina subrayando que “el populismo es el hipócrita culto al pueblo con espurios fines antidemocráticos”.
