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Ensayito sobre el mestizaje

Carlos Granés

13 de agosto de 2021 - 12:30 a. m.

Hace poco sucumbí a la curiosidad de hacerme una prueba genética para saber con más certeza, y con la expectativa de posibles sorpresas, la procedencia de mis ancestros. El asunto es muy sencillo. Se solicita un kit a una de estas compañías, se escupe en un tubo, se manda de vuelta, se descarga una app y a las pocas semanas llega una batería de datos que precisan de qué lugar del mundo provienen los genes que nos hacen ser lo que somos. Y aunque en efecto hubo cosas inesperadas, como huellas remotas de ancestros griegos y británicos, en general el test confirmó lo que ya intuía: que soy un revuelto de sangre europea vieja y reciente (mis abuelos paternos migraron en los años 30 del siglo pasado), con un importante rastro amerindio y algo de herencia negra.

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Es decir, soy un mestizo, como seguramente lo son la gran mayoría de quienes han nacido en América Latina. Y esto, aunque es una obviedad, parece que a veces se nos olvida. Porque el continente más mestizo y más barroco que ha dado la humanidad tiende a idealizar la monocromía. Hay un profundo desfase entre la realidad latinoamericana y el sueño de sus líderes y visionarios. Siendo una mezcla de todas las sangres, de todas las civilizaciones, de todos los tiempos; siendo genética y culturalmente el resultado de la contaminación, nos obsesiona la pureza.

En ocasiones se trata de una pureza racial, como se ve en ciertos movimientos hispanistas, indigenistas o decolonialistas para quienes la verdadera América es sólo blanca o cobriza. Otras veces se trata de una pureza cultural, como la de los marxistas de los 70 que recelaban del Pato Donald o la de los fascistas de los 30 que no querían influencias literarias europeas. Y cuando no es la genética o la racial, sin falta se aspira a la pureza ideológica o moral. Todas las revoluciones de izquierda y todas las dictaduras militares de derecha han tenido algo de eso. Fidel Castro quiso eliminar el vicio de Cuba y crear un hombre nuevo que no se moviera por intereses materiales, sino por incentivos morales. Quien no estuviera a la altura del ideal —el impuro— debía irse. No era un hombre, era un gusano.

Mientras las sociedades han asimilado una surreal combinación de costumbres, gustos, creencias y valores, los poderes institucionales han aspirado a la unanimidad. Si Castro transformó a Cuba en una especie de misión jesuítica, los militares argentinos, chilenos, brasileños, etc., convirtieron a sus países en cuarteles: casi lo mismo. En Argentina había que ser peronista para acceder a la nacionalidad plena, y en la Venezuela y en la Nicaragua de hoy no hay posibilidad de expresar opiniones disidentes sin convertirse en enemigo. No someterse a la visión monocroma de los jefes de turno supone una traición a la patria.

Quizás sea una reacción a la variedad y al caos, una respuesta al barroquismo cultural, racial y natural. El caso es que los mestizos e impuros latinoamericanos hemos soñado inútilmente con la homogeneidad. Y quizás de ahí vengan la intolerancia y el fanatismo, la radicalidad de la cruz y del fusil, el asesinato ideológico y la limpieza social. Siendo la pluralidad nuestro destino, hemos forzado la artificial armonía. Una muestra del terror enorme que le tenemos al conflicto y del empecinado esfuerzo que hacemos por negar la realidad.

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