24 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Latinoamericanos pintando en Madrid

Carlos Granés

Carlos Granés

Columnista

Septiembre en Madrid es época de inauguraciones y ha querido la suerte que esta vez coincidan en el tiempo y en espacios importantes —la Galería Fernando Pradilla y la Sala Alcalá 31— dos artistas latinoamericanos que pintan en Madrid: el colombiano Alberto Baraya y la peruana Sandra Gamarra. Y la suerte también ha querido que sus obras celebren o critiquen los vínculos siempre complejos, y a mi manera de ver insuficientes, entre América Latina y España.

Claro, no lo hacen de la misma manera y ahí está la gracia. Incluso diría que su forma de pensar o de acercarse a ese gran tema es completamente opuesta. Baraya, por ejemplo, hace algo nuevo y osado. Solemos estar acostumbrados a ver interpretaciones europeas de América Latina, pero rara vez vemos símbolos de otros países reinterpretados bajo la óptica latinoamericana. Pues bien, como Oliverio Girondo, que argentinizaba cualquier escena europea versificándola con fonética criolla, Baraya colombianiza señas de identidad españolas proyectando en ellas nuestro gran trauma: la herencia del narcotráfico y esa relación perversa que tuvo Pablo Escobar con los carros de lujo y los animales exóticos. Baraya aglutina en sus cuadros la tauromaquia, los autos deportivos Pegaso y a Goya con chispazos de humor y el absurdo inevitable que expira esa vanguardia de “mágicos” realistas —la mafia— que pobló de hipopótamos el Magdalena y de Land Cruisers las ciudades.

Aquel intento de unir dos miradas contrasta con la exhibición de Gamarra, que hace justo lo contrario. La peruana también trabaja con imágenes de otros artistas, en su caso de pintores que representaron escenas donde se fusionaban los dos mundos, el español y el incaico. Lo curioso es que Gamarra toma lo que la historia y el arte colonial unieron, para separarlo. Pinta dos veces el mismo cuadro, siempre en sepia, resaltando con colores los rostros de los españoles en uno y los de los indígenas en el otro. Los exhibe luego uno frente a otro, pero separados por una división en la sala que impide cruzar el espacio. Allí donde Baraya unía y fusionaba y americanizaba, Gamarra divide y separa y desespañoliza.

¿Por qué lo hace? ¿Por qué la artista escinde escenas como la del matrimonio de la nobleza incaica y la cúpula jesuítica, que son prueba de que con la dominación y el oprobio también se dio otro proceso único y novedoso, el mestizaje, la creación de esa cosa rara e híbrida que somos y que dio origen a América Latina? Porque su exposición quiere darle la razón a la teoría decolonial.

Y la teoría decolonial procura pasar de puntillas sobre el hecho del mestizaje, más aún sobre la manera sorprendente en que las formas plásticas de la Colonia, híbridas y barrocas, fueron la expresión de una nueva sensibilidad que fundió los dos mundos. Los decolonialistas prefieren pensar que se puede desandar la historia para volver a formas de vida puras, no viciadas por la modernidad. Y, sí, esa fantasía puede inspirar grandes obras de arte, las de Gamarra lo son, pero cuando uno las ve expuestas en Madrid o promulgadas desde las universidades yanquis, uno se pregunta por qué deben ser otros, no ellos, quienes den el primer paso, prediquen con el ejemplo y dejen sus puestos privilegiados en instituciones modernas para actuar feraz y libremente su fabulosa utopía.

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