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20 May 2022 - 5:00 a. m.

Un meteorito que atraviesa el siglo XX

De haber tenido más información cuando escribió esa fabulosa crónica de la cinematográfica fuga de Patricio Kelly de una cárcel chilena, García Márquez seguramente le habría dado más protagonismo a la mujer que planeó el escape que al propio Kelly. Porque a pesar de que el viejo peronista fue un político ruidoso y camaleónico, filonazi, además, y experto en cazar polémicas en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, la poeta uruguaya que lo disfrazó de mujer para engañar a los guardias, Blanca Luz Brum, fue un meteorito que cruzó todo el siglo XX latinoamericano.

Queda patente en un libro que acaba de publicar Miguel Albero, Blanca Luz Brum. Una conversación, seis postales y una vida (Zut Ediciones), en el que revisa los momentos cruciales de su vida, que no fueron pocos. Siguiendo los pasos de Brum uno logra hacerse una idea de los radicalismos artísticos y políticos que hicieron vibrar —y también penar— al continente entero a lo largo de las tumultuosas décadas entre 1920 y 1980.

La primera postal que ofrece Albero nos muestra a una joven de 19 años en fuga. Es 1924 y Brum acaba de enamorar a un poeta peruano, Juan Parra del Riego, autor de versos dinámicos y futuristas que llamó polirritmos, condenado a morir al poco tiempo de tuberculosis. Prematuramente viuda, Brum le escribe un poema memorable —“Mis 20 años buscándote / como una ronda de marineros ebrios”— antes de casarse con otro escritor peruano, César Miró Quesada, autor de esos versos que Rubén Blades convirtió en salsa: “Todos vuelven a la tierra en que nacieron / al embrujo incomparable de su sol”. En Perú, Blanca Luz se hace vanguardista y comunista gracias al influjo José Carlos Mariátegui, el promotor del indigenismo. También funda su propia revista: Guerrilla.

Su periplo latinoamericano la lleva luego a México. Se ha enamorado del muralista David Alfaro Siqueiros y con él vive una relación turbulenta. Hay pasión desbordada; también cárcel, debido a la militancia comunista, y mucho machismo y hasta violencia. Desencantada, la poeta viaja a la Argentina y allí conoce a Perón. Queda fascinada por su “fuerza natural”, que le recuerda el impulso primario que expulsó a los españoles de América, y pone su pluma a su servicio. El chisme inevitable es que la poeta frecuentó la alcoba del general hasta que Evita, previendo una competencia imbatible, la mandó expulsar de Argentina.

Es entonces cuando Blanca Luz viaja a Chile a liberar de su presidio a Kelly y luego a instalarse en una isla remota, la de Robinson Crusoe, donde acaba sus días pintando y alabando la dictadura fascista de Augusto Pinochet. Su olfato político la había llevado por lugares en los que se jugaba el destino de América Latina, siempre fascinada por el mismo tipo de personajes, elocuentes y desmedidos, que parecían predecir el futuro o tener la fuerza para moldearlo. Hombres que proyectaban liderazgos fuertes y populares, antimperialistas, anticolonialistas o nacionalistas, y que un día podían ser de izquierdas y al otro de derechas.

La peripecia vital de Blanca Luz señalaba también un destino latinoamericano: el deslumbramiento que desprenden los radicalismos de uno y otro signo, el poder y sus promesas milagrosas de transformación, que ocultan pedestres realidades de autoritarismo y machismo.

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