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Después de un cuatrienio de desvaríos en el manejo de la cartera de Agricultura y Desarrollo Rural, ahora ocupa su silla un conocedor y experimentado emprendedor en las labores del campo, su relevancia en la economía y su porvenir: Indalecio Dangond.
Está acompañado por dos coequiperos de lujo. El viceministro de Desarrollo Rural, José Leonidas Tobón, un destacado ingeniero agrónomo egresado de la prestigiosa Escuela de la Región Tropical Húmeda (EARTH) de Costa Rica, donde lo conocí como estudiante sobresaliente en mi condición de miembro del consejo asesor del rector de entonces, José Zaglul, y entrañable compañero allí de mi hijo Carlos Santiago (Q.E.P.D.). Y por el viceministro de Asuntos Agropecuarios, Arturo Dahud, un brillante abogado especializado en derecho económico y estudios políticos. Ambos, como Indalecio, oriundos de la provincia y de profunda raigambre en la labranza de la tierra rural.
Además de las tareas cotidianas que por su naturaleza le corresponde atender a esta crucial rama del Gobierno, su programa estrella, que se constituirá como la más prioritaria política del Estado en el ámbito del desarrollo integral de la economía, será la ocupación pacífica, productiva y competitiva de la Orinoquía colombiana, el país nuevo donde en breve término se podrá duplicar la actual frontera agrícola nacional, y una ganadería regenerativa de clase mundial, cuya absorción de gases de efecto invernadero, gracias al vigor radicular de variedades genéticamente mejoradas de los pastos aptos para sus condiciones de alta concentración de hierro y aluminio, y por ende de acidez, contribuirá positivamente a la sostenibilidad ambiental de la región.
Tan ambicioso empeño del presidente De la Espriella, el vicepresidente Restrepo, y el ministro Dangond y sus viceministros Tobón y Dahud, se ha materializado al haber acogido integralmente el trabajo de la conocida ‘Iniciativa Soya Maíz Proyecto País’, adelantado de manera voluntaria por un grupo de empresarios y profesionales desde hace cinco años, del cual me honra sobremanera hacer parte, que reúne a la totalidad de los eslabones de la cadena agroindustrial más dinámica de nuestro aparato productivo destinada a suministrar el sustento de la proteína animal –principalmente pollo, huevo, cerdo, carne bovina, leche, pescado-, la base nuclear de la alimentación.
Colombia consume por año aproximadamente diez millones de toneladas de maíz y soya, pero sólo produce dos millones. De suerte que un proyecto como este de sustitución competitiva de importaciones encarna una oportunidad viable y próxima a fin de alcanzar ese sueño, hasta ahora solitario, de ser una real despensa agrícola.
No más Brasil, en el estado Mato Grosso, en apenas dos décadas pasó de un millón de hectáreas en estos cultivos a veinte millones, transformando a la manera de milagro país, el mismo emblema del mandato que se inicia, su fisonomía agroeconómica.
El teatro de esta mega operación deberá concentrarse en esa otra mitad de Colombia que es la Orinoquía. Los primeros pasos a seguir no son otros que la seguridad jurídica de la propiedad privada de la tierra legítimamente bien habida; la creación en la misma zona de un centro de investigación y transferencia de tecnología en la producción de soya y maíz; la construcción de la tan anhelada doble calzada entre Puerto Gaitán y Puerto Carreño; la producción local de cal dolomita para la corrección de los suelos a partir del emprendimiento privado y los incentivos para hacerla posible; y la dotación de servicios públicos básicos, comenzando por la salud y la educación de alta calidad.
El derrotero se halla trazado por la ‘Iniciativa Soya Maíz Proyecto País’ . Manos a la obra.
*Ex director del Banco de la República y Ecopetrol y ex ministro de Agricultura.
