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El poder sin límites es tiranía

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Carlos Gustavo Cano Sanz
03 de junio de 2026 - 05:06 a. m.
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Así reza la primera frase que resume magistralmente el contenido del magnífico libro del constitucionalista y profesor de clase mundial Mauricio Gaona, “La Constitución soy yo” (Editorial Planeta, mayo de 2026).

Se trata, sin duda, del más notable compendio contemporáneo de genuina educación cívica, historia jurídica y ética pública al alcance de todos los ciudadanos. Por tanto, de obligada lectura. En especial para quienes, como yo, no somos abogados, cuando nos estamos jugando el destino de nuestra democracia y las libertades.

A fin de que sus valores y principios primigenios sobrevivan en medio de la indolencia general y el sentimiento de impotencia frente a la violencia aupada por el propio presidente con el único propósito de asegurarse la profundización de su autoritarismo en cuerpo ajeno, somos los habitantes de la Nación quienes tenemos que cerrar filas en torno de la férrea defensa de esos valores y principios supremos mediante el ejercicio del derecho inalienable al voto responsable, masivo y mayoritario en las urnas, en vez de abandonarlos al albedrío exclusivo de distantes instancias burocráticas derrochonas y ajenas al acontecer diario de nuestros hogares y territorios.

Como acertadamente afirmó James Madison, uno de los fundadores de la democracia norteamericana y presidente de su país, la acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, es decir de los frenos y contrapesos de la institucionalidad, en las mismas manos, equivale a la más auténtica definición de lo que significa la tiranía. Por ende, hay que obligar a los gobiernos a controlarse a sí mismos. He ahí el más formidable de los desafíos de la civilidad.

Resulta perentorio hacerle frente a lo que aspira Petro mediante el entuerto de una asamblea constituyente como legado para su heredero Cepeda, el artífice del desastre originado en la malhadada paz total. O sea, la paz fatal, que es impunidad total.

La separación de poderes, como nos enseñó Montesquieu, y luego predicó y aplicó fielmente Madison, es la cuna de la democracia. Y la libertad, el único antídoto eficaz contra las toxinas de los regímenes totalitarios, la pandemia que el gobernante de turno ha pretendido consolidar, al igual que los Castro, Chávez, Maduro y Ortega.

La manía típica de los autócratas como Petro es descargar sus culpas sobre los hombros de los demás. En el Congreso, cada vez que no le marcha a sus caprichos; en las altas Cortes, la junta directiva del Banco de la República y la Registraduría del Estado Civil, por cumplir sin titubeos con sus respectivas misiones legales; en la prensa independiente, insustituible bastión de la democracia y las libertades; en la oposición, a la que suele equiparar con el manido bloqueo institucional, que representa el esencial costo que hay que asumir para garantizar la supremacía de la ley de leyes, esto es la Carta Magna; en los mismos ministros designados por aquel; y, por último, en la Constitución de 1991, de la que su propio movimiento subversivo fue signatario, la cual ha terminado siendo la víctima favorita del victimario. Como quien dice, si el traje reglamentario no se ajusta a mi personal gusto, pues cambio de sastre.

El próximo 21 de junio el país tendrá que escoger entre el abismo hacia el que se nos ha querido conducir a las patadas durante los últimos cuatro años, que no sería cosa distinta al colapso de esta república. O un nuevo amanecer que nos permita reconstruir la patria que queremos entregarles a las próximas generaciones.

* Ex director del Banco de la República y Ecopetrol y ex ministro de Agricultura.

Carlos Gustavo Cano Sanz

Por Carlos Gustavo Cano Sanz

Economista de la Universidad de los Andes; con maestría de la Universidad de Lancaster; posgrado en Gobierno, Negocios y Economía Internacional en la Universidad de Harvard. Fue ministro de Agricultura, director del Banco de la República y director de Ecopetrol. Actualmente es profesor de la Universidad de los Andes.
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