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Sin ninguna duda, la gran oportunidad de crecimiento sostenible en el mediano y el largo plazo de la economía colombiana, y, por ende, de la generación de empleo formal y bien remunerado para las actuales y nuevas generaciones, yace en la industria agrícola. O sea, la producción primaria integrada verticalmente a cadenas de valor de su transformación manufacturera y su comercialización mayorista y al detal. Una ruta intensivamente alta en conocimiento, mucho más que en el mero suelo del piso terrestre.
Hacia el año 2050, cuando habremos alcanzado el pico demográfico de la humanidad, y a partir de allí la declinación de la población planetaria, sería necesario un aumento del área productiva de 70.000.000 de hectáreas adicionales. No sólo para nutrir a los nuevos bebés, sino, crecientemente, a las mascotas que desde ahora comienzan a suplantarlos.
Según la FAO, con la ciencia predominante, no habría cabida para semejante reto. La frontera agrícola global se está agotando, quedando un borde reducido, aún disponible, en África y en algunos lugares de América Latina. El cambio técnico tendrá que ser el camino.
Entre estos últimos se halla Colombia, cuya extensión continental es de 114.000.000 de hectáreas, de las cuales se estima que apenas 30 son aptas para la agricultura, en contraste con sólo siete que hoy se hallan efectivamente cultivadas.
Del resto, el territorio inexplotado, no menos de la mitad se encuentra en la Orinoquía alta del país, cuyo aprovechamiento constituye la oportunidad más esperanzadora del porvenir del aparato productivo nacional. Oportunidad comparable a la del estado Matto Groso de Brasil, que en sólo un par de décadas colocó a esa nación en la vanguardia de la producción mundial de alimentos, particularmente en el suministro de proteína animal, el renglón de más alto crecimiento dentro del segmento de la comida.
A fin de lograrlo en nuestro propio suelo, la primera condición yace en la superación del entrampamiento ideológico de la propiedad de la tierra rural. Y entender por fin que la única forma posible de tenencia y uso de esta no radica exclusivamente en su titularidad a la usanza de la tradición hispánica. En nuestro hemisferio, para mencionar apenas dos ejemplos emblemáticos de potencial de clase mundial, cerca de dos terceras partes de los productores argentinos no son propietarios de los predios que explotan. Y en el caso de los Estados Unidos, según la más reciente información de su Secretaría de Agricultura, 39 % de los granjeros no es poseedor titular de la tierra que trabajan.
Modalidades como las cuentas en participación con operadores especializados, talentos jóvenes diestros en la agricultura de precisión y la inteligencia artificial; el comodato; el usufructo; el leasing inmobiliario rural; contratos de arrendamiento convencional amparados por la ley, entre muchas otras formas asociativas, constituyen las avenidas más promisorias a fin de poder ampliar de manera sustancial y rápida el uso eficiente, competitivo y equitativo de la vasta tierra rural actualmente ociosa de Colombia.
El incentivo más indicado y simple tras dicho propósito, sin costo fiscal alguno, sencillamente por aún no existir el recurso, sería la exención total o parcial, e indefinida o temporal, según lo determine la rama legislativa del poder público, sobre los ingresos que deriven los legítimos propietarios de la tierra rural de las mencionadas formas asociativas.
*Excodirector del Banco de la República y Ecopetrol y exministro de Agricultura.
