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Se cerró en Camerún la Conferencia Ministerial de la OMC, una reunión de la que no se esperaba mucho en medio de la crisis del multilateralismo, acentuada por la estrategia de America First de Estados Unidos. En ese escenario, Colombia protagonizó una defensa notable de la autonomía regulatoria. Aunque no alcanzó su objetivo principal, sí elevó el nivel de la discusión.
Entre los temas de la agenda, casi oculto bajo el rótulo de desarrollo, estaba la moratoria del ADPIC sobre las reclamaciones no basadas en una infracción. Aunque suene técnico, este asunto es clave para los países que quieran usar las flexibilidades de la propiedad intelectual.
El tratado ADPIC establece desde 1995 las normas mínimas globales para la protección de marcas, patentes y derechos de autor. Su artículo 64 introduce una herramienta problemática: permite que un país demande a otro no por violar una norma, sino por afectar sus expectativas de ganancia comercial.
En la práctica, esto implica que un país podría iniciar una disputa incluso cuando otro aplica medidas legítimas, como licencias obligatorias para medicamentos, excepciones y limitaciones al derecho de autor (incluido el fair use de Estados Unidos) o políticas de acceso al conocimiento. Dado el impacto, desde siempre se viene aprobando una moratoria para no activar este mecanismo. Esa tregua es la moratoria del ADPIC sobre reclamaciones no basadas en infracción.
Históricamente, los países en desarrollo han sostenido esta protección a través de un delicado intercambio político: aceptar la moratoria sobre aranceles digitales -que prohíbe gravar las transmisiones electrónicas y beneficia a las grandes plataformas- a cambio de mantener la del ADPIC. Ese equilibrio llegó a Camerún en riesgo.
La moratoria del ADPIC parecía condenada: antes de la reunión ministerial, Estados Unidos y Suiza manifestaron su oposición frontal. El esfuerzo que durante meses hizo Colombia por incluir el tema en la agenda parecía perdido.
En Camerún Colombia defendió la moratoria del ADPIC como una herramienta esencial de política pública, explicando su impacto en salud. Aunque inicialmente Estados Unidos y Suiza intentaron bloquear el debate, Colombia adoptó la estrategia decisiva: condicionar su apoyo a la moratoria de aranceles digitales a mantener viva la discusión sobre el artículo 64.
Con el respaldo de India y Bangladesh, Colombia logró algo impensable días antes: reactivar la negociación y vincular el destino de ambas moratorias. Se planteó que debían renovarse en los mismos términos y plazos. Así la moratoria del ADPIC revivió.
Un argumento inesperado pudo ayudar a tal cambio: la estabilidad jurídica que ofrece esta moratoria también es clave para la industria de la inteligencia artificial, cuyo desarrollo depende en gran medida del uso de datos amparados por excepciones al derecho de autor (especialmente el fair use). Sin embargo, todo dependía de la otra negociación.
En el debate sobre aranceles digitales, mientras Estados Unidos y la Unión Europea impulsaban una extensión permanente; países como India y Sudáfrica querían acabarla. Brasil asumió un papel intermedio, liderando la propuesta de la tercería presentada desde el grupo de Asia, Pacífico y el Caribe: renovación temporal acompañada de una evaluación de impactos.
Cuando parecía haber consenso en torno a una extensión de cinco años, Brasil endureció su posición y exigió limitarla a dos. Estados Unidos la rechazó. Sin acuerdo posible, en la medianoche del último día la directora de la OMC dio por terminadas las negociaciones: no hubo consenso y ambos temas regresarán a Ginebra.
¿Ahora qué? Algunos países en desarrollo celebran que cayó la moratoria de los aranceles digitales, les da margen para diseñar políticas monetarias. Sin embargo, ese espacio es limitado: muchos ya tienen obligaciones similares en acuerdos comerciales bilaterales.
En cambio, la pérdida de la moratoria del ADPIC tendrá consecuencias profundas. Abrirá la puerta a disputas internacionales contra políticas de acceso a medicamentos, educación y conocimiento. Para los defensores de estas causas durante décadas, el momento es crítico, por ahora ganan las grandes farmacéuticas.
La discusión seguirá en Ginebra. Allí, el cabildeo de la industria farmacéutica y de entretenimiento se activará y veremos posiblemente también el de la de inteligencia artificial.
Por su parte Colombia, sin el reconocimiento ni el aplauso que merece, dio una batalla que pocos anticipaban, logró reconfigurar una negociación que parecía cerrada. No le alcanzó en Camerún, pero mostró que hay margen para disputar el sentido de las reglas globales.
En estricto sentido, la moratoria del ADPIC ya venció y la de aranceles digitales expira mientras escribo, este 31 de marzo. El fracaso en Camerún puso en riesgo el frágil equilibrio político que las sostenía. Sin embargo, dado el interés estratégico de Estados Unidos en la digital, posiblemente pase en Ginebra, de lo contrario estaremos condenados al matoneo bilateral. Esto no ha terminado.
Seguro Colombia -como desde hace años- seguirá en la pelea, pero lo hace casi en solitario. Y ese, quizás, es el verdadero problema.
