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Alrededor del mundo, autores y artistas están demandando a las empresas que desarrollan modelos de inteligencia artificial (IA) por el uso de sus obras para el entrenamiento de estos sistemas. Estamos viendo cómo los libros alimentan la IA y, en muchos casos, son destruidos durante el proceso, pero sobre todo estamos evidenciando una transformación del patrimonio bibliográfico que todavía no dimensionamos.
Solo en Estados Unidos, The Verge ha documentado decenas de litigios promovidos por escritores, músicos, artistas visuales y otros creadores. Entre todos ellos, el caso contra Anthropic es hasta ahora el precedente más importante en materia de IA y derecho de autor. Además de fijar criterios jurídicos novedosos, el Washington Post mostró como los documentos del proceso revelaban una práctica, que posteriormente 404 Media estableció como una tendencia: la compra masiva de libros publicados antes de la irrupción de la IA generativa para entrenar modelos exclusivamente con contenido creado por seres humanos.
En este litigio contra Anthropic, el tribunal distinguió entre dos cuestiones diferentes. Por un lado, concluyó que el entrenamiento de modelos utilizando libros obtenidos legalmente puede constituir un uso legítimo (fair use), al tratarse de un uso transformativo. Por otro, determinó que la descarga y conservación de millones de libros provenientes de bibliotecas piratas no está amparada por esa excepción y puede generar responsabilidad por infracción de derechos de autor. El caso terminó con un acuerdo millonario respecto del uso de esas copias ilícitas, pero dejó un precedente fundamental: una cosa es el uso que se hace de los datos para entrenar un modelo y otra muy distinta la forma en que esos datos fueron obtenidos
La historia dio un nuevo giro cuando se desclasificó parte del expediente judicial. Los documentos revelaron que Anthropic había desarrollado el denominado Project Panama, mediante el cual compró millones de libros impresos, los digitalizó con un escaneo destructivo y creó una biblioteca privada para entrenar sus modelos de IA. El juez no consideró que esta práctica constituyera una infracción al derecho de autor, pues los ejemplares habían sido adquiridos legalmente. Sin embargo, la revelación provocó un intenso debate público y despertó serias inquietudes sobre las implicaciones culturales y éticas de esta práctica.
Los documentos también mostraron que, tras utilizar inicialmente bibliotecas piratas en línea, Anthropic decidió construir su propia colección de libros impresos porque consideraba que el contenido de Internet estaba siendo contaminado por material generado por IA y era de menor calidad para el entrenamiento. Asimismo, evidenciaron que la empresa recurrió a intermediarios para adquirir los libros y evitar el costo reputacional de aparecer públicamente destruyendo millones de ejemplares.
Recientemente, una investigación de 404 Media confirmó que lo ocurrido con Anthropic no era un caso aislado. El medio documentó la existencia de un mercado especializado de intermediarios que compran masivamente libros impresos, los seleccionan según idioma, fecha o temática, organizan su digitalización mediante escaneo destructivo y venden ese contenido como datos de entrenamiento para empresas de IA. Estas compañías operan, además, bajo estrictos acuerdos de confidencialidad y mantienen en reserva la identidad de sus clientes, evidencia de que la compra masiva de libros se ha convertido en un nuevo eslabón de la cadena de suministro de la inteligencia artificial.
Aunque entre libreros, archivistas y bibliotecarios se advierte sobre el posible impacto patrimonial de esta práctica, hasta el momento no existen pruebas de una destrucción sistemática de ejemplares únicos o de alto valor histórico. La evidencia disponible indica que el mercado se concentra principalmente en libros comerciales con ISBN. Tampoco hay constancia de que otras empresas como OpenAI, Google o Meta hayan desarrollado programas de destrucción masiva de libros físicos comparables al de Anthropic, ni de que exista una estrategia coordinada para controlar el mercado mundial del libro usado. Sin embargo, la mera existencia de esta industria resulta preocupante. Se trata de una actividad extractiva, realizada a gran escala, que transforma los libros en materia prima para sistemas privados de IA y que, aunque pueda ser legal, plantea serios interrogantes éticos sobre la forma en que estamos tratando nuestro patrimonio bibliográfico.
La destrucción física de libros -técnica que ya conocíamos como usada en otros procesos de digitalización masiva- no es, en realidad, el aspecto más revelador de este caso. Lo verdaderamente novedoso es el cambio en la lógica económica que pone de manifiesto. Durante años, proyectos como Google Books y numerosas bibliotecas digitalizaron libros con fines de preservación y acceso público. En cambio, para los laboratorios de IA los libros son un recurso estratégico: se compran para extraer su contenido, alimentar modelos propietarios y luego el resultado normalmente no vuelve a la sociedad. Ese desplazamiento, que convierte un bien cultural en un insumo privado para el desarrollo de IA, muestra una de las transformaciones más profundas y preocupantes que ha puesto en evidencia este caso.
