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La apuesta gringa por la carrera en IA

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Carolina Botero Cabrera
27 de septiembre de 2025 - 05:03 a. m.
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En temas de tecnología la llegada de Donald Trump a la presidencia esta vez estuvo marcada por tres gestos elocuentes: la presencia de los líderes de las principales tecnológicas en primera fila durante su posesión, la revocatoria de la orden ejecutiva de Biden sobre riesgos de la Inteligencia Artificial y el anuncio de una millonaria inversión pública en el sector. Señales todas de una priorización abierta de los intereses corporativos sobre las necesidades de las personas.

No es un giro de 180 grados respecto a la administración Biden, que también impulsó la expansión de la industria nacional de IA, promovió su adopción en el gobierno y reformó procesos de autorización para atender las enormes demandas computacionales y energéticas de los modelos avanzados. La diferencia es que el Plan de Acción de IA de Trump es abiertamente pro-innovación y pro-empresa, sin espacio para salvaguardas en derechos humanos, medio ambiente o justicia social.

El plan se desarrolla en tres órdenes ejecutivas: “Prevención de la IA woke en el Gobierno federal”, “Aceleración de la concesión de permisos federales para la infraestructura de centros de datos” y “Promoción de la exportación de tecnología IA estadounidense”. Su objetivo declarado es asegurar que Estados Unidos gane la carrera global de la IA. Me interesa poner el foco en tres temas: la “IA woke” y la libertad de expresión, los modelos IA abiertos versus los cerrados y algunas decisiones regulatorias claves a las que hacer seguimiento.

La primera orden ejecutiva refleja la visión del gobierno Trump sobre la libertad de expresión lo que considera una postura “neutral”. Exige que el gobierno federal solo use modelos lingüísticos que “busquen la verdad” y prohíbe aquellos que promuevan diversidad, equidad e inclusión. En la práctica, esto significa una intervención directa en decisiones corporativas y limitan la capacidad de la sociedad de influir en ellas.

El contenido no permitido en una tecnología se determina en función de las leyes y las normas sociales, así como de los objetivos de la empresa que la desarrolla o usa. Con frecuencia las empresas evitan por ejemplo que sus sistemas generen material de abuso sexual infantil, contenido excesivamente violento, discursos de odio u otro contenido no deseado en función de sus obligaciones legales u objetivos políticos. Hay también decisiones empresariales sobre controlar discursos religiosos, financieros o políticos -como cuando Facebook prohibe pezones femeninos en su red social-.

En todo caso, la idea de una IA “anti-woke” tampoco es nueva: Elon Musk señaló que Grok (la IA de X) tendría esa orientación, y ya se han identificado sesgos en las respuestas que distorsionan la información. Cualquier injerencia gubernamental en las decisiones de diseño (entrenamiento y desarrollo de modelos de IA) y de moderación de contenidos supone privilegiar ciertos valores por encima de otros, al fin y al cabo otra opción regulatoria sería favorecer principios como la democracia, la inclusión o la equidad. El tema es cuáles son las consecuencias y las responsabilidades en esas priorizaciones.

En su Plan de IA Trump reconoce una batalla estratégica: los modelos cerrados estadounidenses como ChatGPT, Gemini, Claude o Grok frente a los modelos abiertos de China, como DeepSeek, Qwen y Kimi. Estos últimos son accesibles, modificables y ejecutables libremente -se descargan y usan localmente-, lo que los vuelve atractivos y se han masificado siendo especialmente atractivos en sectores con datos sensibles y menos recursos (salud, educación, investigación). Aunque las empresas estadounidenses defienden el modelo cerrado por sus costos de desarrollo y riesgos de mal uso, se exponen a que los primeros se conviertan en estándar global. Eso llevó al Plan de IA de Trump a apostar por avanzar hacia modelos “open weight” y de código abierto y disputar así el liderazgo a China. ¿Cambiará esta apuesta la cultura corporativa de Estados Unidos?

Aunque parece que Trump se la juega por la desregulación extrema, la realidad es que son varias las decisiones regulatorias importantes de su Plan de IA que merecen seguimiento. Me refiero por ejemplo al viraje en exportación de hardware de IA avanzada -hasta hace poco estaba prohibido enviarlos a China, ahora incentivan ese comercio-, así como la coordinación que harán en la materia con países aliados; las órdenes de eliminar las referencias a desinformación, diversidad, equidad, inclusión y cambio climático en guías de riesgo de IA; el impulso a la creación de nuevos estándares técnicos; los ajustes regulatorios a favor del desarrollo de centros de datos y las reglas de seguridad y mitigación de riesgos que se desarrollarán.

Regular la IA implica decidir cómo conciliar (o no) tensiones entre derechos individuales vs. bienestar colectivo; desregulación para la innovación vs. regulación para la protección de derechos; crecimiento económico vs. equidad social, la pregunta es cómo hacerlo. El Plan de Trump es una apuesta por el liderazgo mundial que plantea que la carrera es entre Estados Unidos y China y se jugará en la cancha del desarrollo económico.

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José Tiberio Gutiérrez Echeverri(70717)27 de septiembre de 2025 - 04:48 p. m.
O sea que la batalla estratégica entre Estados Unidos y China se desarrollara en la innovación de la IA, en la cancha del desarrollo económica durante el Siglo XXI, lo que no es otra cosa que la robotización de la humanidad.
Atenas (06773)27 de septiembre de 2025 - 01:59 p. m.
Caro, por lo q’ he leído con detenimiento no está perdido D.Trump o su grupo de asesores por la forma en q’ abordan los pasos a seguir con la IA teniendo a China de feroz competidora, q’ no se para en pelos pa hacer lo q’ haya q’ hacer; y más a sabiendas de q’ cierta tecnología gringa en la materia ya sido copiada por sus pares chinos, y con lo cual se han fortalecido; y donde, igual, el régimen chino está empecinado en controlar a las redes por el aire de desesperanza q’ transmiten. Atenas.
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