Seguramente por mi perfil digital se me sugieren es esencialmente videos con análisis positivos del show de Bad Bunny, durante el intermedio del partido final del Gran Tazón en Estados Unidos. A mí particularmente no me gusta su música, aún así disfruto los análisis de sus lanzamientos y presentaciones. Esta vez me sorprendió el tema de la población sorda.
Un amigo gringo me dijo que no había disfrutado el show porque no había entendido nada. Sin subtítulos, no pudo captar el alboroto, el simbolismo ni el sentido general. En su opinión, el evento perdió la oportunidad de llegar a la audiencia más amplia de ese partido. Él, por ejemplo, solo se quedó con lo poco que su hija le contó. Le respondí que, en este caso, entender la letra estaba sobrevalorado: eran fragmentos poco descriptivos -incluso por la naturaleza del género-, además Bad Bunny enfatiza su origen puertorriqueño en su pronunciación y elección de palabras. Mucho está en jerga local, difícil incluso para quienes tenemos español como lengua materna. En todo caso, insistí, mucho del simbolismo es visual y aún así -siendo extraña al género y al cantante- sin leer otros análisis para profundizar, tampoco es fácil de dimensionar.
La música como expresión cultural tiene eso: más allá de lo que te hace sentir, suele haber un universo de símbolos ligado a quién canta, desde dónde lo hace y qué historias cuenta. Quizás otro valor de este show es que llevó a muchas personas a querer saber de temas como las historias coloniales y de desigualdad en Hawái y Puerto Rico. Esto ya me había pasado con este género musical, aunque no me gusta, he profundizado para entender noticias que me han parecido interesantes y normalmente eso no es evidente en la letra para quienes no somos fanáticos, exige leer más.
Después de la charla con mi amigo, me encontré el video de Chrissy Marshall, una joven sorda estadounidense, que me hizo reflexionar. En él ella está visiblemente emocionada porque, frente a esa queja de que el show no tenía subtítulos, ella dijo: “¡la mesa dió la vuelta!”. Lo explicó así (estoy traduciendo): “Como persona sorda este año ha sido ¡genial!... Este año no todos pudieron entender el idioma de la presentación, muchos no entendieron las palabras, simplemente disfrutaron de la música. Para tu información eso es lo que la gente sorda suele hacer. Esta año fue especial porque vi a la gente quejarse de lo que se perdieron. Como persona sorda vi la presentación que hicieron en lengua de señas de Puerto Rico y sentí que tuve una comprensión más profunda de la música y la cultura de Bad Bunny a través de esa interpretación. Usualmente es al revés, mi acceso a las cosas es menor que el de otras personas... Ojalá esta discusión sobre los subtítulos lleve a una mayor relación y comprensión sobre la accesibilidad”.
Resulta que la NFL no incluye subtítulos de su show del intermedio, pero sí interpretación en lengua de señas estadounidense. Sin embargo, este año -que el idioma afectaría a muchos más- tampoco hubo subtítulos, y la interpretación no fue en lengua de señas de Estados Unidos sino en la de Puerto Rico, buscaban reproducir también la jerga del cantante. Es decir, Chrissy tampoco lo vio en su idioma, aunque seguro la interpretación le ofreció más.
Vale recordar que la lengua de señas es la lengua natural de las personas sordas: tiene gramática, sintaxis y léxico propios, y utiliza manos, brazos, rostro y cuerpo para transmitir mensajes con la misma riqueza y complejidad que las orales. No es una traducción del idioma del país, ni es universal: cada país, e incluso cada región o comunidad, tiene su propia lengua de señas.
Celimar Rivera Cosme interpreta conciertos de Bad Bunny desde 2022. Las personas sordas o con problemas graves de audición que usan esta lengua de señas en Puerto Rico son una minoría. En la actualidad la lengua de señas de Estados Unidos está ganando terreno en la isla y arrinconando a la puertorriqueña, amenazándola con desaparecer. Esto también ocurrió en Hawái, donde la de Estados Unidos terminó desplazando a la local. Otra cuestion que este show sacó a flote.
Al final, tanto mi amigo como Chrissy enfrentaron una experiencia parcialmente inaccesible, ninguno recibió el contenido en su lengua habitual. La diferencia es que, para él, fue una incomodidad ocasional; para ella, el extrañamiento es estructural. Esta vez, sin embargo, Chrissy conectó desde otra lengua de señas para acceder a una dimensión cultural más profunda del show. Habría que pensar que la accesibilidad no es solo técnica, sino política: define quién comprende, quién participa y desde dónde. Y recuerda que la inclusión no debería ser excepcional, sino parte del diseño. Y encima recuerda el riesgo que enfrentan las lenguas minoritarias de desaparecer.