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Lo ocurrido en Venezuela durante la madrugada del 3 de enero admite múltiples lecturas. Los hechos materializan que la estrategia de Estados Unidos para mantener su predominio global articula de manera explícita el poder económico con el militar y el político, a través del desarrollo de su sector privado, en el que la tecnología ocupa un lugar central.
Aunque los movimientos de los últimos meses anticipaban una acción contra Nicolás Maduro, la forma abierta y frontal en que estos tres poderes -económico, militar y político- se desplegaron de manera conjunta, resulta igualmente impactante. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca en noviembre ya lo describía sin ambigüedades. A partir de ahora, los acontecimientos regionales y globales deberán leerse con esa nueva óptica impuesta por Trump.
A varios días de los hechos en Caracas, hay una certeza: el país que durante décadas se presentó como defensor y exportador de valores democráticos ya ni lo intenta. El Estados Unidos que actuó en Venezuela responde a una versión Trumpista de la doctrina Monroe y a lo que su propia estrategia denomina “realismo flexible”. Sin eufemismos, América Latina vuelve a ser descrita como su patio trasero, un área de influencia directa. La politóloga mexicana Viridiana Ríos lo sintetiza con claridad: estamos frente a una forma renovada de colonialismo económico en la que nuestros países quedan relegados al rol de consumidores, sin espacio real para desarrollar tecnologías que compitan con las empresas estadounidenses, por ejemplo.
¿Cómo se traduce este enfoque en una acción concreta como la de Venezuela? Las declaraciones de Trump posteriores a los hechos despejan cualquier duda. Lejos de apelar a la retórica diplomática habitual, ratificó una visión en la que economía, poder militar y control político operan como un solo bloque. La acción militar excluye de facto a otras potencias en un país considerado parte del área de influencia estadounidense; la reconstrucción económica quedaría en manos de empresas de ese país; los liderazgos locales son aceptados en la medida en que resulten funcionales; y la diplomacia estadounidense se orienta a garantizar que este esquema se sostenga. Sin mayor recato, tanto Trump como Rubio dejaron claro que el fortalecimiento de las empresas estadounidenses está en el eje de la acción, el tiempo dirá qué cambió para los venezolanos.
En este marco detengámonos en un concepto central de la mencionada estrategia: la llamada “diplomacia comercial”. Bajo este término no solo hay herramientas para fortalecer la economía estadounidense como aranceles y acuerdos comerciales. El párrafo que lo explica menciona también el refuerzo de alianzas de seguridad, la venta de armamento, el intercambio de inteligencia y los ejercicios militares conjuntos. En la era Trump, estos componentes deben leerse de manera integrada, hay que prepararse para enfrentar mecanismos de presión simultáneos y transversales.
Además de las acciones militares atravesadas por intereses comerciales veremos medidas económicas que incorporarán mecanismos explícitos para la defensa de intereses políticos. Por ejemplo, la imposición de acuerdos comerciales que operen también como alianzas político-militares.
Los acuerdos comerciales que actualmente impulsa Estados Unidos se negocian, en general, con altos niveles de opacidad, no se conocen ni cuando se formalizan. Excepcionalmente la propia Casa Blanca publicó en 2025 el firmado con Malasia en el que se puede observar con claridad esta nueva lógica. No se trata de un acuerdo entre “las partes” en términos equilibrados, sino de un instrumento en el que las obligaciones recaen casi exclusivamente sobre Malasia. Entre otras disposiciones, el país asiático deberá consultar con Estados Unidos antes de iniciar negociaciones sobre acuerdos de comercio digital y podrá verse obligado a adoptar medidas comerciales equivalentes a las restricciones que Estados Unidos imponga cuando éste las considere necesarias para su seguridad económica o nacional. No en vano el primer ministro malayo fue acusado de traición. Si por allá llueve, por acá no escampa: al menos en Argentina. Ecuador, el Salvador y Guatemala ya se anunció que algo similar está sucediendo.
Así, 2026 se perfila como un año especialmente complejo para América Latina y, en particular, para Colombia, que además enfrentará una contienda electoral.
Nota. Sobre el rol de la tecnología en esa acción militar ni las fuentes oficiales ni las periodísticas dan detalles, más allá del relato de una acción militar convencional. No obstante, ha circulado información que indica que Estados Unidos pudo haber utilizado nuevamente capacidades cibernéticas ofensivas no solo para interrumpir el suministro eléctrico y las comunicaciones la madrugada del sábado, sino incluso otras acciones más sofisticadas. De confirmarse, Venezuela estaría siendo utilizada como un espacio de experimentación en innovación cibernética militar, lo que permitiría a Estados Unidos fortalecer sus capacidades frente a un actor sin posibilidad real de resistencia y alardear de su superioridad global en este campo. En un contexto marcado por la creciente irrelevancia del derecho internacional, resulta casi un oxímoron reiterar la necesidad de regulación de las estrategias ciberofensivas.
