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Por esta ocasión voy a entrar en el baile. Soy un hombre de palabras antes que razones y no me gustan los debates, pero alguien tiene que hacer algo mientras la situación aún es remediable y se me hace necesario intervenir, dialogar.
Aunque no lo parezca, un escrito recién publicado en El Espectador titulado “Amar no es comprometerse” es no solo un error, sino también una amenaza. Una amenaza al amor mismo. Una amenaza a la pureza del instante que imbuye de emotividad la experiencia sentimental. Una amenaza a la parte más esencial de nuestra humanidad, a saber, la sensible. Sentimos antes que pensamos.
Los razonamientos a lo razonable y las emociones a lo que emociona. Logos por su vía y pathos por la suya. Cuando estos se cruzan es irremediable que se dañen el uno al otro y logos es más violento y cruel. La razón supone la sensación como prescindible, se cree suficiente, por ello ataca. La sensación no puede suponer, solo vive o convive, y si le atacan, se defiende. Logos acciona, pathos reacciona.
Ahora, volviendo al amor. Puede que se torne aporíptico lo que comentaré a continuación, pero esa es la consecuencia de tratar de racionalizar algo irracional, es decir, algo emocional: el amor es indefinible, inconceptualizable. Cuando ello es llevado a cabo solo se generan contradicciones, desorientación y entumecimientos sobre lo que nuestro cuerpo está experimentando. Así el amor pierde el sentido.
Por ejemplo, en la carta previamente mencionada se da a entender que el amor es una experiencia de vinculación auténtica, mientras que el compromiso es un acto de voluntad, exponiendo la incompatibilidad entre la experiencia auténtica y el acto voluntario; no obstante, de igual forma se señala que el amor es un sometimiento voluntario, un abandono a sabiendas al otro. Si la voluntad es aquello por lo que el compromiso es incompatible con el amor, en la medida de su inautenticidad en tanto que experiencia de vinculación, es contradictorio entonces afirmar que el amor implica una voluntad de someterse al otro y que, así mismo, este es una experiencia de vinculación auténtica.
Meras confusiones. Perorata. La palabra fue hecha para narrar otras cosas, no para semejante despropósito. ¿No sienten acaso cómo se extingue toda la pasión del amor al deformarlo de sentimiento a discurso? Conceptualizar el amor es triste. Entristece y opaca el acto de amar. El que conceptualiza el amor planea algo más que amar, su fe no es confiable.
Si el amor es experiencia auténtica de vinculación (lo que sería muy bello, pero la verdad no es importante saberlo), entonces el amor ha de ser una absoluta experiencia, una experiencia pura. Una pura entrega al sentimiento, a una fuerza de la que no se hacen razones ni de la que se toma reflexión alguna. Simplemente se ama y nada más importa.
Y verdaderamente nada más debería importar. Mas el mundo no es así.
Carlos Andrés Villamizar Durán. Bucaramanga, Santander.
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