Hay días en los que la distancia pesa un poco más. Cuando llega un mensaje de madrugada desde Suiza sobre mi sobrina. Cuando me despierto con un video del nuevo apartamento de ese amigo que ahora vive en Alemania. Con las llamadas de chequeo de mi socio en Islandia. La familia que me quedó en Cartagena. Los amigos que están en otras ciudades. Los recuerdos de Milán y la vida en Holanda. Cuando veo ese amanecer en fotos, mientras aquí todavía es de noche. Compartir la vida a través de mensajes puede llenar el corazón, pero a veces, también, duele un poco el alma.
Crecer nos dispersa. Quienes amamos terminan en otras ciudades, otros países, otros mundos. Los abrazos se aplazan y los planes se vuelven inciertos. Sin embargo, he aprendido que la cercanía no es requisito del amor; el corazón se estira, se acomoda, se adapta y late por alguien al otro lado del mar.
Querer a alguien que vive lejos exige una voluntad especial: despertarse cada día con la decisión consciente de cuidarse mutuamente. Querer de lejos es, ante todo, un acto de presencia. De no dejar que el vínculo se pierda en lo cotidiano; de acompañar en los sueños, aunque marquen la ruta más lejos; de enviar un mensaje aunque no haya novedad; de hacer una llamada aunque sea breve; de decir “estoy aquí” a pesar de los kilómetros.
Es hacer lugar. Es recordar que lo que construimos con palabras, con detalles, también sostiene. No es fácil. Hay días de silencio, días en los que quisiéramos estar, pero no se puede. Sin embargo, la distancia también enseña. Enseña a escuchar mejor, a valorar el tiempo, a decir las cosas antes de que sea tarde. Enseña que el amor puede ser más fuerte cuando no se da por sentado.
Y aunque a veces duela no estar, también hay algo hermoso en saber que nos esperamos. Que, en medio del ruido del mundo, todavía nos elegimos. Que seguimos haciéndonos un lugar en la vida del otro. Porque la distancia no es ausencia. Es otro modo de estar. Más profundo. Más valiente.
María Lucía Jaimes Bohórquez
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