Hace poco asistí a una charla sobre emprendimiento digital. Me llamaron la atención el título y el expositor, que daban cuenta de un colombiano hecho a pulso.
La historia de este emprendedor está llena de anécdotas que dan cuenta de que empezar un negocio en Colombia es bastante difícil. Pero de eso no voy a hablar en esta oportunidad ni tampoco me voy a referir al tema central de la charla, sino a la displicencia y arrogancia cuando del país se trata.
La responsabilidad que tenemos quienes de alguna u otra forma nos dirigimos a un público, bien sea en calidad de docentes o como expositores de cualquier tema, es muy alta, porque nos escuchan y somos referentes para ese público. Hablar bien o mal de la cuna donde se nació es responsabilidad de cada quien y es suya la pertinencia de querer hacerlo en el ambiente que desee.
Sin embargo, no estoy de acuerdo con las personas que, motivadas por distintas experiencias en Colombia, se refieren al país con desdén e indiferencia. Quienes hemos tenido la oportunidad de viajar a otras latitudes por tiempos cortos o prolongados sentimos con orgullo y henchido el pecho las notas de nuestro himno y, como en mi caso, a veces una que otra lágrima al recordar el país y nuestra gente.
Las personas que han tenido que abandonar el país por razones de violencia e inseguridad lo hacen, en muchas ocasiones, contra su voluntad y ellas dejan aquí su vida, aunque su cuerpo físico esté al otro lado del mundo. Es a estas personas y a quienes se quedan aquí a quienes les debemos profesar respeto y amor por Colombia.
Quienes han tenido éxito en otras tierras en términos de la renta deben sentirse orgullosos y empoderados por el beneficio obtenido, pero eso no les da el derecho a despreciar el hogar y la cuna que los abrigó en sus primeros pinos; si lo hacen, se estarían convirtiendo en ese ser mezquino y arrogante que no construye país. Bien valdría la pena recomendarles la lectura del libro Desarrollo y libertad, escrito por Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, donde debate ampliamente el concepto de riqueza.
Germán Albeiro Ospina Arango. Economista y magíster en Dirección General, docente universitario.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.