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Odiaba la Historia, con H mayúscula, por lo general contada por Hombres, por los ganadores. Siempre he desconfiado de quienes quieren “explicarme” cómo ha sido la vida. Los escritores profesamos muchas mentiras, la ciencia está llena de artilugios, usan la verdad y la razón para manipularnos, para dominarnos, para hacernos sentir libres cuando estamos siendo totalmente doblegados por el consumismo, por el deber ser.
Me sabe a mierda esa frase de “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. ¿Saber las barbaridades de la humanidad ha hecho que se detengan las guerras? ¿Han dejado de violar a niñas? ¿Han dejado de talar las selvas?
Pasan muchas cosas. No solo hay una historia. Desconfío siempre de la fuente. Nada que venga de TikTok ni de Twitter. Nada si esa historia sigue proviniendo de los machos del momento y sus intereses ególatras, de sectas, guetos familiares, de anquilosada democracia.
Pero más que odiar la historia, odio los historiadores hombres escandalosos que gritan para argumentar, para convencerme. No les creo sus rigideces antiguas, inmóviles, patriarcales. Su despotismo y soberbia por ser “los que saben”. Qué risa me dan sus acaloramientos, sentencias, moralismos, su “mansplaining” (gracias por nombrar tan acertadamente esta práctica horrorosa de la que no escapa ningún cis, trans, hetero, bi, gay, pan…). Hace poco un librero me dijo que El infinito en un junco no era muy acertado con la historia. Qué risa. Otra vez, otro macho, rosa, meando encima de la historia, la “verdadera” historia. Con más ganas me aferré a esta lectura que hago entre otras lecturas, lenta y subrayadamente, capítulo a capítulo.
Realmente mi raye no es con la historia. Mi raye es con quiénes y cómo nos han contado esas historias. Y agradezco profundamente a Irene por esta cuidadosa obra. Le agradezco por llevarme a esos lugares mentales que siempre rechacé porque me los contaban sin alma, sin duende, sin hablarme directamente, sin querer construir esos puentes que tanto requiero, puentes con la vida, con la poética, con la piel y la hermenéutica. Qué chimba esta historia de los libros, estos artefactos inmortales que desde los tiempos de Alejandro Magno hasta hoy siguen dándoles sentido a nuestras vidas.
Camilo Andrés Rojas Tello. Fundación Grupo de Acción y Apoyo a personas Trans (GAAT).
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