Cuando se produjo la victoria de Gustavo Petro a la presidencia para el período 2022-2026, después de conocerse la votación aportada por el departamento de Nariño, la inmensa mayoría de esta región de la patria —es decir, quienes votaron y quienes no lo hicimos— lo que nos unió fue la esperanza de un importante impulso al desarrollo departamental con la puesta en marcha de no más de dos proyectos vitales: la doble calzada Rumichaca-Cauca y la activación del proyecto de la variante San Francisco-Mocoa en el Putumayo, que uniría al resto del país. No se necesita ser ingeniero o economista para deducir que dichos proyectos eran de beneficio ampliamente regional, porque los favorecidos directos son los departamentos de Nariño, Cauca, Putumayo y Huila. Bien terminadas esas obras de infraestructura, no estaríamos pasando por el martirio de las restricciones que hoy padecemos y que han afectado todo, y todo es todo. Y, en cambio, habríamos contribuido, de verdad, a la transformación socioeconómica de esta amplia zona del país. Es probable que la violencia hubiera disminuido y la paz pudiera haber llegado sin necesidad de tantos discursos que violentan el espíritu del ciudadano común.
Pero la realidad para los ya mencionados departamentos, en particular para Nariño, ha sido de una frustración total y el sentimiento de ingratitud que inspira Petro con esta región que le dio la victoria es descomunal. Ese sentimiento ya es nacional. En la edición dominical de El Espectador (23-03-25), tanto el editorial como varios de los ilustres columnistas, como Héctor Abad Faciolince, Rodrigo Uprimny, Ramiro Bejarano, Mauricio Botero Caicedo, Hernando Gómez Buendía, Felipe Zuleta Lleras, entre otros, han manifestado con argumentos de peso las terribles falencias y la incapacidad absoluta para gobernar por parte del ahora presidente Gustavo Petro Urrego.
Por eso, cuando se anunció que Petro visitará Nariño en el mes de abril, la pregunta de rigor es: ¿A qué vendría? ¿A continuar con sus interminables discursos —tipo dictador— o hacer nuevas y más amplias mentiras para seguir encandilando a ingenuos —que ya quedan pocos? Lo más seguro es que venga con su demagogia trasnochada a preparar el camino para impulsar una campaña presidencial, viciada desde ya por la sombra eterna de la corruptela dentro del propio gobierno. Por favor, presidente, no venga. Ya hemos resistido lo más, resistiremos estos meses que le quedan. No venga.
Ana María Córdoba Barahona
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