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Este domingo 8 de junio volvió a temblar en Colombia. La tierra se movió, recordándonos lo frágil que es todo cuando menos lo esperamos. Pero el verdadero sacudón no fue el geológico, sino el que dejó el atentado contra un candidato presidencial, un hecho que aún retumba en el ánimo colectivo. ¿Qué nos dice un país donde un joven de 15 años podría estar detrás de un hecho tan violento? Más allá de buscar al culpable, tal vez ha llegado el momento de mirar hacia dentro, hacia lo que se mueve en el corazón de nuestras casas, nuestras calles, nuestras conciencias. Porque detrás de la pregunta “¿Quién le disparó a Turbay?”, podría esconderse otra aún más urgente: “¿qué está pasando con nosotros como sociedad?”.
En lugar de señalar con el dedo a un partido, a un grupo o a una ideología concreta, esta tragedia nos empuja a reflexionar sobre lo que estamos sembrando como sociedad. ¿Qué está fallando para que un menor vea en la violencia una salida o una posibilidad económica? Las respuestas no están solo en los informes judiciales ni en los discursos políticos que se transmiten por redes y televisión: están en el clima que respiramos cada día, en lo que permitimos, en lo que callamos, en lo que enseñamos con el ejemplo en nuestras familias, muchas veces tan piadosas en las procesiones, pero tan distantes en lo cotidiano.
No se trata de condenar a nadie, sino de preguntarnos todos, con humildad, qué estamos haciendo para evitar que la violencia se normalice. ¿Cómo están creciendo nuestros hijos? ¿Qué modelos les damos? ¿Qué espacio tiene el diálogo en nuestros hogares? Tal vez nos hemos acostumbrado a pensar que lo que pasa es culpa de “los de arriba” o “los de allá”, olvidando que las grandes tragedias se gestan muchas veces en lo pequeño, en lo íntimo, en la indiferencia con la que tratamos a los demás, e incluso a los nuestros.
Colombia no necesita más dedos apuntando. Necesita corazones abiertos. Que tiemble, sí, pero no por miedo, sino por el deseo sincero de construir una cultura distinta, donde la política no sea un campo de guerra y la juventud no tenga que elegir entre el abandono y el odio. Que este hecho no nos divida más, sino que nos haga detenernos y revisar qué estamos aportando, cada uno, para que este país sea un poco más habitable y mucho menos temeroso.
Luis Alfredo Cortés Capera
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