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En este tiempo de incertidumbre global y crisis democráticas, agradecemos la celeridad del Cónclave al nombrar, el jueves pasado, al papa León XIV. Se ha hablado de cómo León XIII se caracterizó por una postura moderada y modernizante, como lo evidenció su afinidad con las clases obreras. Su apoyo a los movimientos sindicales fue una apuesta arriesgada al tratarse del final del siglo XIX, caracterizado por sendas campañas imperiales de la Europa occidental que quiso repartirse el mundo sobre planos, con grandes máquinas de guerra; algo que reformó el doloroso siglo XX. Diga lo que diga Hollywood, nada fue romántico en una guerra mundial.
Poco se ha dicho, en cambio, de León I, jerarca del catolicismo del siglo V. El primer papa reconocido como “El Grande” debió negociar con el temible Atila para que no destruyera Roma. El rey de los hunos, célebre en las escuelas por su barbarie, trascendió a la ficción como ícono del mal, como se lo representa renombrado en la película animada Mulán de 1998. La imagen de Disney, de una joven que va a la guerra vestida de hombre en lugar de su padre enfermo, nos muestra la justa que debemos dar contra el ímpetu destructor de nuestra época. Pero con otros medios.
Con el editorial del 9 de mayo, titulado “Un nuevo papa a imagen de Francisco” que señala el origen norteamericano de Robert Francis Prevost —nombre secular de León XIV—, añado que debemos ver cómo hoy la guerra por encargo ha sido desplazada del ámbito geopolítico por la guerra industrial. Aunque use armamento norteamericano, la guerra en Palestina se basa en medios tecnológicos cuya efectividad se mide en números científicamente fríos. Cálculo crudo.
Quizá León XVI nos muestre cómo ni los números positivos están eximidos del espíritu del mal, que san Agustín describió como pura ignorancia; esa que destruye vidas de niños acá o acullá, olvidando que, tarde o temprano, vendrá el ímpetu del dragón dormido. Y ojalá que venga como un dibujo animado de una China milenaria y amigable.
Ricardo Andrés Manrique Granados
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