Hace un par de semanas quise acabar mi domingo (27 de junio) leyendo el periódico El Espectador, en donde encontré dos columnas que me conmovieron. Terminaron de afinar ese sentimiento de pesadez por las discusiones inútiles y pasionales que se contraponen a la fragilidad de la vida, de la que alguien a quien quiero mucho me hablaba esa semana.
Empiezo por la columna de Rodrigo Uprimny, en la que eleva un grito de dolor por la normalización de las muertes por COVID-19 y nos hace ver que ya estamos en una tasa de mortalidad diaria superior a las de países como India o Brasil, que tanto nos han mostrado los noticieros con estupor. Normalizamos que casi 700 familias por día pierdan un ser querido. Y aun así en las calles vemos demasiados idiotas sin tapabocas, actuando con desidia frente a un virus que para más de 100.000 colombianos ha sido mortal. Otra historia mucho más cercana cuenta Piedad Bonnett sobre una pareja de esposos de la Universidad de Caldas. Utilicen el berraco tapabocas, por amor a sus vidas, a sus familias o al Dios en el que crean.
No solo normalizamos esas muertes por esta mugrosa enfermedad que lleva con la humanidad casi 17 meses. Normalizamos también, de forma sectaria, las muertes de protestantes, exguerrilleros que le apostaron a la paz o miembros de la Fuerza Pública por igual, sin distinción. Cierto es que no se puede exigir igual comportamiento a un servidor público que a un ciudadano cualquiera, pero en ese juicio dejamos de lado esa condición de humano que debe primar en todo momento y bajo cualquier circunstancia.
Termino con el editorial de ese día, que tuve la necesidad de leer tres veces: una, solo; otra, con mi mamá —completamente consternado y entrecortado—, y una última vez cuando terminé de ver la intervención de Íngrid Betancourt ante la Comisión de la Verdad. Quisiera casi que transcribir ese editorial o traer muchos apartes de lo que dijo Íngrid. Es un llamado esperanzador en medio del dolor que deja la guerra, un llamado que debería situarnos a todos frente a frente, para que aquí y ahora contemos esa historia, esas experiencias que nos han marcado. Todos somos colombianos y alguna huella en el corazón tendremos a causa de estas berracas emociones tristes, de las que habla Mauricio García Villegas, que han marcado nuestra historia y casi que nuestro diario vivir, hayamos o no sido víctimas del conflicto. Es necesario escucharnos, dar nuestra posición, así como respetar la posición del otro y ponernos en los zapatos del otro en todas las situaciones posibles, hablar y actuar con bondad en el corazón, con sensatez, con transparencia y con objetividad cuando nuestra posición lo permita.
Cierro con estas frases traídas textualmente del editorial: “Nos falta mucho para la reconciliación. Pero avanzamos y hay voluntad. (...) El problema es que no estamos haciendo todo lo posible por llegar a esa promesa pendiente. (...) ‘Algún día tendremos que llorar juntos’”.
Sergio Galeano.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com