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El ángel de la muerte —siendo aquel ente con la engorrosa tarea de recoger a las almas que ya no son requeridas en este, el mundo mortal— ha puesto en piloto automático sus tareas en nuestro país, más específicamente en la ciudad de Cartagena de Indias, pues ha visto irrelevante su presencia en la ciudad amurallada. Con frecuencia venía a recoger almas de personas de avanzada edad las cuales fallecían por una causa natural, “la vejez”, pero desde hace muchos años el ángel de la muerte ha venido analizando que esa tarea de visitar ancianos y compartir con ellos sus últimos minutos de vida —explicándoles que ya han cumplido su propósito en el mundo mortal y que ha llegado la hora de despedirse con gracia y satisfacción por el regalo de la vida obtenido— ha ido cambiando.
Las personas han llegado hasta el punto de rasgarse las vestiduras de la moral, la humanidad, la ética, la empatía, los valores y demás rasgos que nos diferencian de las bestias, simplemente por vestirse de furia, ambición, prepotencia, entre otras, pisoteando todo sentido por el respeto a los demás, haciendo lo que se tenga que hacer sin importar cómo y cuánto se afecte a alguien. Es así como la ciudad más bella del mundo se viene vistiendo de sangre, repudio, odio, indiferencia, permitiendo que sea algo menor la muerte de unos a manos de otros, por el simple hecho de que así lo decidieron.
¡Es que el ángel de la muerte se está quedando sin trabajo en esta zona del planeta! Ya él siente repudio porque le quitaron ese momento en que dedicaba un espacio de su tiempo para amenizar la despedida de un alma realizada, queriendo brindarse a sí misma un descanso. ¡Es que se matan solos!, le cuenta el ángel de la muerte a su superior. Antes le era posible al ángel de la muerte controlar su inventario de almas para que luego fueran guiadas a donde les correspondía, ahora se descuida un instante y tiene varios personajes en su custodia sin registro de ingreso, sin historial de transvase, desconociendo el porqué de su llegada a su custodia. Por eso decidió crear un software que le permite registrar a cada alma y determinar el motivo y la circunstancia de su llegada, dejando así la tarea de visitar la hermosa ciudad en una especie de piloto automático. ¡Es que llegan solitos!, se vive repitiendo sorprendido el ángel de la muerte, mientras se toma un coctel bajo palmeras en cualquier playa menos en las nuestras. Con lo peligroso e inseguro que se encuentra nuestro Corralito de Piedra, capaz que el ángel de la muerte termina siendo una víctima más del indoloro sentir cartagenero.
Luis Miguel Anzoategui Castellano. Cartagena.
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