Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras los viejos piden guerra, los jóvenes reclamamos paz. La juventud no desea más violencia, solo deseamos ser escuchados. Nos hemos cansado de la corrupción y pedimos un cambio. Estamos del lado del pueblo, pues crecimos viendo las injusticias del país y estamos hartos. Los mismos que hoy son llamados injustamente vándalos mañana serán recordados como soldados sin coraza, pues hicimos parte esa pequeña parte de la sociedad que se levantó en busca de la justicia y se convirtió en mayoría.
Las calles retumban, el sonido de los gritos se mezcla con el amargo humo que los apaga. El pueblo clama un cambio en la sociedad y los violentos responden con disparos y explosiones. En todo el mundo se escuchan ahora las voces que tan intensamente intentaron callar, los gases solo han llenado los pulmones para gritar más fuerte.
Para nadie es un secreto que Colombia se ha cocinado por años en el fétido fuego de la indiferencia y la corrupción. La presión fue aumentando cada vez más, hasta que finalmente la olla explotó. Varios gobernantes han criticado la situación, pero es una hipocresía de su parte, pues ellos también alimentaron dichos fuegos en sus respectivos mandatos.
El desconocimiento de la realidad social por parte de las familias que han gobernado históricamente el país se ha materializado en las protestas que atraviesan toda Colombia. Un estallido que hace eco en todo el mundo. Cuando las oportunidades son pocas y el hambre duele, los marginados alzamos la voz en grito de protesta, lo cual no es más que la negativa a seguir siendo gobernados por individuos que miran con desprecio a sus ciudadanos.
Aunque Colombia atraviesa uno de los momentos más complicados de su historia reciente por causa de la pandemia, eso no impidió que la ciudadanía se volcara a las calles, pues no hay duda de que el peor virus es la indiferencia. El llamado es a la paz, la unión y el diálogo. Todos somos pueblo. La vacuna más importante es contra la intolerancia, el odio y el resentimiento.
Soy un joven y escribo esta carta pues es mi forma de protestar de manera pacífica. Considero que las palabras tienen más poder que las balas, las letras son eternas y solo necesitan ojos que las lean para transmitir su mensaje… ahora es claro por qué los infames atacan y sacan los ojos. Es innegable que el cambio es necesario. Pronto será el ocaso de los corruptos, cesará la horrible noche y la democracia podrá contemplar un nuevo amanecer.
Jonathan Olarte Henao. Estudiante.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com
