Nuestra época, la época de la libertad. Estoy cansada de oír que somos más libres que nunca, aunque probablemente sea verdad.
Entonces, ¿ese leve “quejío” en mi espíritu? Esa incomodidad vital me llevó a indagar y, tras una ardua conversación de sofá conmigo misma, sentencio que somos, disculpe quién me lea, tremendamente torpes.
“¡Somos libres!”. Como si grito a los cuatro vientos: “¡Tengo un coche!”, sin carnet de conducir. Poca mención ostenta el vago manejo que tenemos de esa independencia con la que llenamos nuestras bocas de orgullo.
Seguramente tenga que ser así. Cuando el elástico se estira fuertemente y se suelta, se desplaza violentamente hacia el lado opuesto. A lo mejor la vida no puede ser diferente a una goma, por mucho que esa brusquedad de movimiento esté dejando magulladas algunas almas de nuestro tiempo.
“Si esta persona no vibra como tú, suelta”.
“Si tu pareja no te alienta para seguir creciendo, suelta”.
No digo que en algunos casos no deba ser así. Pero, en mi magullada opinión, el término “soltar” debería ir asociado a cosas, no a personas.
Y es que en este mundo tan libre se nos olvida con frecuencia mirarnos (de verdad), escucharnos (de verdad), sentirnos (de verdad). Sí, estoy utilizando la primera persona del plural porque de la del singular vamos sobrados.
¿Qué pasa si no vibra como yo pero es una persona maravillosa? ¿Y si la encargada de mi crecimiento soy yo misma y no mi entorno? ¿Por qué en vez de centrarnos en nuestro dolor no nos paramos a explorar las causas?
Quizás utilizamos tanto el yo de lo mucho que le tememos. ¿Y si apareciera la complicada opción de que ser nosotros mismos es la fuente de nuestro propio padecer? Menuda faena esa de tener que trabajar en nosotros. Mejor tiro el balón fuera y que saque de banda el otro equipo.
La libertad. Menudo palabrón. Definirse libre es fácil. Serlo constituye, quizás, el más concienzudo de los trabajos. La libertad, irónicamente, requiere un elevado grado de compromiso. Compromiso con una misma y con los demás, compromiso con nuestro yo más interno, con todo lo que nace de nosotros mismos fruto de una reflexión responsable y consciente, tan ausente a día de hoy.
Soltamos y, por ende, nos sueltan. Porque, se nos dice, así hemos de proceder. Te invito a que cierres los ojos y retrocedas a la última vez que te soltaron. Seguramente te ubiques en algún lugar concreto. Obsérvalo todo y obsérvate todo. Siente con honestidad.
Ahora, hagamos una reflexión más propia de una asamblea de colegio que de un café entre adultos: ¿tú cómo te sentiste la última vez que te soltaron?
Abre los ojos. ¿Sientes la libertad?
Alba Muriana López.
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