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15 de agosto de 2022 - 05:00 a. m.
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Los pilares del neoliberalismo fueron liberalización, privatización y desregulación. Liberar era abrir fronteras a los productos; privatizar era entregar empresas públicas a la gestión privada; desregular era eliminar trabas que permitieran la disrupción de nuevas economías, como la que trajo Uber y Rappi.

En la pandemia adaptamos las maneras de hacer. Como consultor en autoprotección, tuve que ingeniármelas para brindar procesos formativos a comunidades campesinas. ¿Se podrán conectar por Zoom en el Medio Atrato, el valle del Guamuez (Putumayo), las montañas de Balboa (Cauca) o el filo que limita Sevilla (Valle) con Roncesvalles (Tolima)?

Sin confinamiento, el cooperante habría financiado transporte, alojamiento y alimentación de las comunidades para que se encontraran con el consultor. El propósito era que 30 comunidades construyeran sus propios mapas de riesgo. Durante todo el año habría tenido que volar y alojarme en 30 ocasiones. Las comunidades se adaptaron y pudieron conectarse. En una sola reunión por Zoom, conversamos durante cuatro horas con 250 personas ubicadas en distintos puntos de la geografía nacional. El salto cultural fue enorme; los hoteles vieron bajar sus ingresos derivados de la hotelería laboral y muchos proveedores de ese circuito económico resultaron afectados quizá para siempre, pues la huella de carbono que significa movilizar todos esos recursos presenciales se disminuye drásticamente gracias a la tecnología de la comunicación.

Un nuevo actor económico comienza a abrirse paso: es el emprendedor social, que hoy cuenta con la Ley 2234 de 2022, que tuvo el atributo de unir a todos los partidos. Se trata de un modelo de negocio que busca resolver un problema social, ambiental o cultural (cuando se habla de cultura de paz). La motivación está dada por resolver un problema que nadie atiende. Por ejemplo, en el confinamiento, en las zonas rurales, si no se puede salir, quién podría encargarse de recoger y llevar el mercado, cómo se conectaría ese comprador con la tienda en el pueblo y quién traería ese mercado a la finca.

Un emprendedor social hizo un directorio de productores locales: el del queso, las hortalizas, la carne y el pollo; el que arregla las sillas de montar; el que organiza fiestas infantiles. Lo segundo que hizo fue organizar en una cooperativa de domiciliarios a los jóvenes que prestaban mototaxismo. El intercambio comenzó a hacerse por WhatsApp. Desde la vereda Cumbarco en Sevilla, gracias al directorio, se encargó el arreglo de una silla para un talabartero de Roncesvalles; el mototaxista la recogía y la entregaba reparada y por los dos viajes ganaba. Ese recorrido era imposible cuando las Farc dominaban en ese filo. Los jóvenes jamás habían ido por esos lugares, cuya riqueza en cascadas y ríos sirvió para que se inventaran tours.

Una experiencia en dos contextos, cambio climático y construcción de paz, hace pensar sobre los beneficios que significa dicho intercambio local, algo que es digno de multiplicar en los 170 municipios priorizados para la paz.

Sergio Roldán.

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