Comenzaré con algo que citaré de nuevo al terminar esta publicación: no aparentemos ser tan socialmente correctos, admitamos que hay gente maluca por ahí. El concepto de persona maluca define bien a aquel o aquella sobre quien recae. Maluco(a), según la Real Academia Española, es un vocablo usado particularmente en países de Latinoamérica y está definido como una persona ingrata y malvada, un objeto de poca calidad o eficacia, o un alimento de gusto desagradable. Estos adjetivos aplicados a una persona dicen mucho de su actuar, anticipando que es mejor no negociar, pasear, tratar ni exponerse con quien posea tales características. Pero, atención, el asunto a veces vergonzante de ser rotulados como excluyentes, antes que cuidadosos, no nos deja decidir y escoger abiertamente sobre los que nos rodean, inculpándonos de selectivos (como si ello fuera malo). Superemos esa culpa segregacionista con el argumento irrefutable de que la amistad y el relacionamiento son un cultivo y estrictamente un buen cultivo; por lo tanto, es imperativo decodificar oportunamente el modo y la intencionalidad de nuestros interlocutores, de lo contrario nos estaríamos nutriendo mal, no vaya y sea contagioso eso de mirar, hablar y pensar mal, es decir, ser “mala gente”. La maluquera se contagia quizá más que la virtud. Una de las señoras mayores de mi casa sentenciaba que “quien entre la miel anda algo se le pega”, y también insistía en la metáfora antigua de que “aves del mismo plumaje vuelan juntas”. La gente maluca genera, conscientemente o no, sensaciones, emociones y relaciones también malucas y terminamos repitiendo sus maneras. Nadie está obligado a tener un sentimiento que no quiera y mucho menos a sostener una relación (la que sea) que no le dé buen pálpito, le incomode o genere disonancia espiritual.
Esos que “chupan” el alma o “generan mala vibra” son detectables fácilmente por cómo miran, lo que dicen y cómo lo dicen. Los malucos existen por doquier, su modo te advierte y algo intuitivo o razonable te dirá: Peligro, muévete de ahí. El propósito de relacionarnos bien no debe generar sentimientos de culpa por superioridad. La dignidad se extrae también del entorno y la frecuencia con que nos relacionamos con los modos de los demás. En cuanto a pareja, amigos y colaboradores, el asunto no es el de ir recibiendo a cualquiera por mera empatía y aparente apertura. Respeto y cordialidad, pero también distancia con quien dañe, critique, reniegue, mienta, difame o contagie malestar. Hazlo y no le des vueltas a la decisión. Los “malucos” tienen sus justificaciones y explicaciones por trauma, patología o rasgo de personalidad, pero eso no admite la sobreexposición ante ellos o el tolerar por tolerar.
Otro día hablamos de lo que llaman gente de bien (dicho de paso, no es el significado que interpretamos a priori). Para terminar, reitero: no aparentemos ser tan socialmente correctos, admitámoslo, hay gente maluca por ahí y ante ella, mucho amor y salvaguardia.
Sergio Molina. Ph. D. en Filosofía.
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