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La encrucijada del dólar

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15 de enero de 2025 - 05:00 a. m.
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En geopolítica existe una expresión que sintetiza una gran verdad: cuando alguien pregunta “¿Por qué el dólar estadounidense es la moneda del mundo?”, la respuesta es breve y clara: “Porque los estadounidenses tienen portaaviones”. La moneda no tiene valor por su material intrínseco —al final, los billetes son solo papel con fibras de algodón y técnicas de impresión complejas—, sino por la confianza que depositamos en ella como sociedad. Según el historiador Yuval Noah Harari (2014), el dinero adquiere valor a través de nuestra imaginación intersubjetiva, pero solo funciona cuando el ente superior de la jerarquía que creamos nos demuestra que podemos confiar en ese dinero. De esa manera se podrán hacer y recibir pagos a través de esa moneda.

Nuestro ente superior, en materia de comercio internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, es Estados Unidos. En 1944, el Acuerdo de Bretton Woods estableció un nuevo sistema financiero internacional con el objetivo de evitar crisis como la Gran Depresión de 1929. Este acuerdo designó al dólar como moneda central, respaldada, en teoría, por la mayor reserva de oro del mundo, que estaba bajo control estadounidense.

Sin embargo, en 1971, el presidente Richard Nixon eliminó el patrón oro, dejando al dólar sin un respaldo tangible. A pesar de ello, los países de Occidente continuaron confiando en la moneda, ya no por su vinculación al oro, sino por la fortaleza económica, militar y política de Estados Unidos. Mientras tanto, el bloque socialista enfrentaba problemas económicos, como el “estancamiento brezhneviano” (Zastoy), lo que debilitó cualquier alternativa al dólar. Tras la caída de la URSS, el dólar se consolidó como la moneda hegemónica global.

Aquellos que desafiaron esta hegemonía enfrentaron el peso del poder estadounidense. En el año 2000, Saddam Hussein cambió algunas transacciones de petróleo iraquí del dólar al euro. Aunque su acción no redibujó el mapa financiero, sus intenciones de inspirar a otros países petroleros a realizar lo mismo y, con ello, boicotear el sistema del petrodólar, fue algo que molestó a Estados Unidos. Para algunos analistas, este movimiento contribuyó a la invasión de Irak en 2003.

En años recientes, la posición del dólar ha comenzado a tambalearse ante nuevos actores. Rusia, aislada de Occidente, ha buscado alternativas para comerciar con el mundo y, en especial, con China, la cual, a su vez, ve esto como una oportunidad para reducir la dependencia del dólar. Xi Jinping ya ha iniciado estas políticas monetarias con países como Arabia Saudita.

Este panorama preocupa a Donald Trump, quien ha amenazado con imponer aranceles agresivos a los países que abandonen o hagan transacciones por fuera del dólar. Incluso no descarta tomar acciones militares contra Groenlandia o Panamá en nombre de la protección de la seguridad económica de Estados Unidos.

Es curioso: antes Trump criticaba al Bitcoin, al considerarlo una amenaza al dólar. Pero ahora que ha recibido apoyo de los grandes “Holders” (“tenedores”, pero es mejor verlos como inversores) de las criptomonedas, acepta estas como parte vital de su política económica. Esto se debe a que muchas de estas están respaldadas en el dólar. Sin embargo, no dejan de ser una amenaza a la misma, por estar fuera de la regulación del gobierno federal.

Aunque el dólar no desaparecerá del mercado internacional de manera inmediata, su hegemonía enfrenta grietas. Estas grietas podrían expandirse. Trump busca evitar que este declive se acelere durante su administración, consciente de que la pérdida de la hegemonía del dólar implicaría un cambio profundo en el poder económico de Estados Unidos. Y él hará todo lo posible por evitarlo.

César Augusto Pardo Acosta

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