Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La historia del crecimiento y expansión urbana de Bogotá, de menos de un millón de habitantes a comienzos del siglo XX a más de 8 millones, ha estado alimentada en el subconsciente colectivo por los “recursos disponibles”, desde el buen clima, la arena de las canteras para la autoconstrucción, hasta el agua de los páramos que la han abastecido. Sin embargo, ante el cambio climático que nos afecta, la vulnerabilidad de la ciudad está controlada por los mismos factores geográficos que la hicieron atractiva. Los ecosistemas que sustentaron su crecimiento se han convertido en su limitante. Una de las preguntas de investigación del profesor Julio Carrizosa a comienzos del siglo XXI se orientaba a identificar los factores que han mantenido el crecimiento continuo de la capital. Se discutían las migraciones, la violencia, el centralismo, el capital financiero, el poder político… Tal vez, hoy la pregunta correcta sería: ¿qué factor detiene la expansión urbana de la ciudad? Dentro de los ecosistemas que delimitan la ciudad, el bosque altoandino ha sido el de mayor transformación por la expansión urbana de la ciudad y de los municipios anexos, incrementando la vulnerabilidad de Bogotá ante los eventos climáticos extremos, cada vez más frecuentes, y su dependencia de lo que sucede con la salud del bosque amazónico que abastece el páramo de Chingaza. Debemos reflexionar sobre una solución que mantenga la sostenibilidad de la ciudad y se adapte a los nuevos condicionantes impuestos por el cambio climático. Una solución técnica, con un nuevo almacenamiento y/o fuentes de agua que incrementen la huella ecológica de la ciudad, prolonga en el tiempo y el espacio un problema con mayores consecuencias sociales y ambientales, y aumenta el riesgo sobre las nuevas generaciones ante la incertidumbre del cambio climático. Igual, es un hecho afirmar que no tenemos la voluntad ni la capacidad de cambiar nuestro comportamiento y nuestra manera de ocupar el territorio, nuestro modo cultural de relacionarnos con los ecosistemas que sostienen la ciudad y de adaptarnos a las nuevas condiciones impuestas por el cambio climático. Debemos pensar en una solución ecológica que implique un cambio cultural en nuestro comportamiento alrededor del agua y los ecosistemas que la sustentan; un nuevo urbanismo que asuma ese cambio cultural, adaptando la infraestructura del sistema de alcantarillado de aguas lluvias, restaurando los cuerpos de agua de los humedales y, mediante la acción colectiva, restaurando la vegetación afectada por el urbanismo. Para la zona rural de la cuenca del río Bogotá, se debe precisar una meta del 30% del área de todas las propiedades para restaurar la cobertura vegetal. Le corresponde a la CAR, junto con la acción colectiva de los diferentes municipios de la sabana, la restauración del río Bogotá y el fortalecimiento de la gobernanza de las comunidades para la protección y restauración de los ríos y quebradas, como medida de adaptación al cambio climático.
Edgar Forero, geólogo especialista
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com
