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Macondo: el destino de los pueblos latinoamericanos

Cartas de los lectores

20 de enero de 2025 - 12:05 a. m.

Estamos condenados al olvido. La dramática historia de los pueblos latinoamericanos terminará en un completo absurdo. Aquellos lazos de pluriculturalidad que hemos desarrollado durante miles de años quedarán sujetos al azar de otros: de otras lenguas, otras caras y otras ropas; a una Miss o un Míster.

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Con el revuelo de la adaptación de Cien años de soledad por parte de Netflix, es pertinente señalar que la obra de Gabriel García Márquez, en cierta forma, nos advertía de un destino incierto. Despierta la intranquilidad cuando hablamos de gentrificación o pérdida de las costumbres. Parece un tema gastado, como tantos otros hoy día, pero este asunto –o acontecimiento– merece mayor atención. Medellín es una ciudad que ha sufrido la llegada del progreso. Es el claro ejemplo de aquellos lugares de ensueño cuyo mapa es reconfigurado al gusto extranjero, una conquista simbólica (o desgracia) que se viene forjando desde los tiempos de Macondo.

La pérdida de identidad cultural es dada por una tradición de poderes contrariados, alimentados por un pensamiento absurdo, individualista y patriarcal. Nuestro caso, en particular, tiene un matiz más grave: el narcotráfico. Un forastero que llegó y nunca se fue. Este fenómeno, con su lógica de favores y lealtades compradas, se ha entrelazado con el clientelismo, creando un sistema que perpetúa la corrupción y debilita las instituciones públicas.

Esa forma precaria de poder, como lo expusieron magistralmente Andrés Dávila y Francisco Leal en su libro Clientelismo: el sistema político y su expresión regional, permite entender cómo el poder regional se ejerce a través de la figura de “caciques”. Estos se apoyan en una red de favores, dando lugar a un Estado profundamente corrupto y burocrático, donde progreso y capital son palabras vacías en un mar de contradicciones.

Macondo, un pueblo libre en donde nadie era más que nadie y todos eran parte de un todo, se convirtió en un lugar olvidado, consecuencia de su propia gente, que persiguió promesas ajenas y eligió la violencia como método resolutivo. Lo importante es recordar que la historia de Macondo es la historia de los pueblos latinoamericanos y, así como las láminas de Melquíades profetizaban el destino de los Buendía, las páginas de Cien años de soledad profetizan nuestro olvido.

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Quizás, y solo quizás, estemos viviendo un capítulo más de una historia ya escrita. Es nuestro deber luchar contra la peste del insomnio que nos persigue y recordar, de una vez y para siempre, quiénes somos. El final de Macondo no es el final de la vida, debemos encontrar en la memoria esa vida que nos fue arrebatada. La soledad no es una condena; es una suerte de azar o predestinación que debemos tomar con un poco de humor, esa actitud es, al final de cuentas la mayor de las rebeldías.

Jefhersson Jaimes

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