Aprender a ser hijos es la tarea obligada. El descubrimiento de las cosas del mundo trae consigo el deber irremplazable de agradecer por la vida otorgada. Yo aún lo estoy aprendiendo. El título de hija única me fue dado y junto a ese reconocimiento, todo el caos existente de una responsabilidad abismal. Negar esa posibilidad resulta en el abandono de los seres queridos. ¿Cuántas veces habrá que nacer para ser un buen hijo?
Ser hija única puede llamarse también crecer en soledad. Cuando se está sola lo único que queda es aprender a llorar para adentro. La experiencia solitaria alberga un cultivo de nostalgias infantes colándose en la sopa del almuerzo. Los pesares familiares se convierten en comida de tres que a veces no basta. ¿A ti no te da miedo que te roben la juventud?, me dijo Verónica cuando le conté que no tengo hermanos. Imaginé la vejez de mis padres y la mía. Me descubrí desafiando las leyes de la naturaleza porque me había convertido en una transfiguración. Era padre-madre-hija al mismo tiempo. Mis padres eran el retrato de mi propia infancia cuidada y solitaria.
Soy hija única, repito. Todos callan antes del ataque fulminante de preguntas. Una especie de investigación rigurosa es lo que ocurre cuando descubren que mis hermanos son las calabazas que alguna vez crecieron en el patio y los libros apilados en una esquina de mi cuarto. ¿Qué pasaría si un hijo único muere antes que los padres?, preguntó Alfonso una vez mientras estábamos sentados en la terraza. La memoria de mi casa recuerda que en lo profundo de las noches me perseguía esa idea. ¿Y si me muero hoy?, ¿y si se abre la tierra y me come?, ¿y si se abre un hueco en el colchón y me traga?, ¿y si todo eso pasa… a dónde irían los que duermen en la habitación de al lado? Me imagino renunciando al título de hija mientras veo cómo se vierte la sangre después de cortar el cordón umbilical. Muero para darles vida a mis verdaderas hijas: las llagas.
Lusdary Martínez Castillo. Barranquilla.
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