Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Tic, tac. Alba. Tic, tac. Aurora. Tic, tac. Alba de nuevo. Tres. Cuatro. Cinco albas con sus auroras. ¿Día? ¿Noche? No lo sé, igual da. Miro el techo. Guardo silencio. Escucho el silencio. Un grillo, quizá dos. ¿O era acaso una luciérnaga? Eso es, es de noche.
Mirar el techo. Perder el tiempo, ¿no? Siempre hay algo que debería estar haciendo en su lugar. Sí, debería, pero ¿quiero?
Debo, puedo, quiero. En ocasiones, líneas paralelas. En otras, perpendiculares. En otras, asíntotas.
Debo hacer, puedo hacer. O eso dice la presión social. Sin embargo, quiero mirar el techo.
Pero, ¿saben?, creo que no estoy perdiendo el tiempo. Creo que son tiempos vacíos, que son todo menos vacíos. Son tiempos de reinicio, de reencuentro, de cambio y recambio. Tiempos necesarios, de pequeños detalles.
El pájaro que canta hoy habrá emprendido vuelo mañana. A quien no abracé hoy no será más que una sombra mañana. Los recuerdos llevan una lucha constante con el olvido.
El deber, posiblemente, seguirá ahí. Podrá esperar.
Creo, entonces, que mirar el techo es también una forma de producir, de desacelerar, de quedar por segundos al margen de esa sociedad del rendimiento, de formar por segundos parte de una sociedad del cansancio, de esa sociedad que describe Byung-Chul Han en sus líneas, de esa sociedad que se toma un respiro y se pregunta quién marca el compás de su vida, el reloj, el corazón o la razón. A mí me gusta mirar el techo, me gusta imaginar líneas paralelas, escuchar los pájaros hoy, abrazar hoy.
Yurany Acosta Velásquez.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com
