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Política y vanidad: ¿y los medios de comunicación qué?

Cartas de los lectores

05 de octubre de 2023 - 09:00 p. m.

Como parte de la responsabilidad social que lo caracteriza, El Espectador viene desarrollando una serie de eventos entre los que está Encuentro en las tablas 2023: conversaciones sin censura. El lunes 28 de agosto se desarrolló uno titulado “Política y vanidad”, con dos invitados políticos de lujo y reconocidos: uno, promisoria y esperanzadora figura; el otro, de esos escasos personajes incólumes, con quien el país está en deuda y le dará el sitial que se merece cuando pase esta devastadora polarización que estamos viviendo.

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En el Diccionario de la Lengua Española encontramos que la palabra vanidad proviene del latín vanitas/vanitatis, que significa “cualidad de vano” y es sinónimo de presunción, envanecimiento y arrogancia. El concepto de vanidad hace parte también de los estudios de la psicología comportamental en cuanto a los rasgos de la personalidad. Es una actitud de sobrevalorar habilidades, atributos y conocimientos propios, e incluso una manera exagerada y fantasiosa de soberbia que lleva a los vanidosos a sentirse únicos e irrepetibles, a jactarse y vanagloriarse con excesiva atracción de los demás, a creerse superior a ellos. En la tradición filosófica occidental, la mitología griega retrata la vanidad con la tragedia de Narciso (incapaz de amar a nadie porque estaba obsesionado con su propia imagen) y el filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.) en su Ética nicomáquea calificaba a los vanidosos de necios e ignorantes que “se adornan con ropas, aderezos y cosas semejantes, y desean que su buena fortuna sea conocida de todos, y hablan de ella creyendo que serán honrados”. La religión cristiana considera la vanidad un pecado derivado de la soberbia (esta última, un pecado cardinal o pecado capital), asemejándola a la arrogancia, y en muchas traducciones bíblicas y teológicas se emplea vanidad en lugar de soberbia.

La historia nos muestra que es innegable que los dos términos, política y vanidad, han sido, son y serán inseparables en todas las estructuras sociales de Occidente, mucho más con la preponderancia de las redes sociales y la paulatina pérdida de valores esenciales que distinguen al ser humano. Solamente en lo que llevamos de este siglo, en el país hemos presenciado con mayor intensidad verdaderos desfiles de “protagonistas” de todas las raleas con la banda real de la vanidad, en un concurso donde es imposible elegir cinco finalistas y menos un ganador. En la coyuntura actual se ve al primer mandatario de la nación apareciendo como víctima de lo que llama “la arremetida de los medios de comunicación del establecimiento” y al autodenominado “Adán jurídico de la Fiscalía” y llamado “segundo hombre más poderoso del país” buscando posicionarse a su derecha con una mirada a la contienda del 2026.

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Era inevitable que en el coloquio de marras se trajeran a colación, siendo destacables los mesurados comentarios de los invitados, pero quedó pendiente por parte del moderador el mea culpa de los medios de comunicación que, en su afán de mantener los ratings de sintonía y la pauta oficial en un mercado publicitario cada día menor, se convierten en caja de resonancia y construyen día a día ídolos de barro para sus oyentes y lectores, con una cada vez más difusa independencia. Para cerrar, un fragmento de El principito: “¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador! –exclamó de lejos el vanidoso en cuanto divisó al principito. Porque, para los vanidosos, los demás hombres son admiradores”.

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Édgar Fernando Serrano P.

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