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Qué difícil es decir adiós

Cartas de los lectores

31 de agosto de 2023 - 09:00 p. m.

La vida se le empezó a escapar lentamente y no nos dimos cuenta. Mejor dicho, sí nos dimos cuenta, pero no queríamos aceptarlo y nos aferrábamos a un milagro que nunca llegaría.

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Al principio los olvidos eran ocasionales y anecdóticos, luego empezaron a ser preocupantes, cada vez eran más frecuentes y nos vimos en la necesidad de acudir a los servicios médicos para un diagnóstico que confirmara lo que ya presentíamos. Con el parte médico empezó el tratamiento, no para la cura, ya que la ciencia médica actual no la ofrece, sino para los cuidados que se requerían. Era una situación nueva para la que no estábamos preparados.

Es difícil ver a un ser querido disminuirse cada día en un proceso acelerado e irreversible. La sensación de impotencia está presente en cada instante, querer ayudar y no poder hacer nada parte el corazón, genera angustia, desespero, dolor y rabia.

La pérdida de la memoria lo fue dejando sin enemigos, si es que algún día los llegó a tener, pero también lo dejó sin amigos y sin familiares, olvidando hasta el nombre de sus propios hijos y nietos. Sin embargo, a cada encuentro con alguno de ellos, una sonrisa se dibujaba en su rostro, como una manifestación de ese amor y esa bondad que siempre habitaron en su corazón.

Hasta que las fuerzas se lo permitieron corrió, bailó y caminó al lado de su compañera de toda la vida, de esa mujer que ahora vivía en función de cuidarlo, que se desvelaba para que no le faltara nada, cuando ya le faltaba la vida misma. Con estoicismo y un amor infinito fue atendido por varios años para que la existencia le fuera posible en un ambiente agradable. Fue precisamente ese amor el que le permitió a su cuerpo seguir habitando en esta Tierra, mientras su memoria se desviaba en los laberintos del tiempo, hasta que un día se perdió por completo y jamás volvió. Sus palabras, sus abrazos, sus caricias, sus masajes y hasta la sonrisa tampoco volvieron.

Quedará la huella imborrable de los buenos recuerdos, de los momentos vividos, de todo lo compartido a través de los años. Le contaré a Juan José, el último de tus nietos, que eras un trabajador incansable, un amigo sincero, un esposo fiel y que eras el mejor papá y abuelo del mundo.

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Ahora, mientras luchas por cada bocanada de aire y te aferras a este mundo, solo me resta decirte que tu labor se encuentra cumplida, siempre entregabas lo mejor de ti sin esperar nada a cambio, eso no se olvida. Dios sabrá perdonar los pecados que hayas podido cometer en tu paso por esta Tierra. De parte de tu familia y de quienes te amamos no hay nada que perdonar. Simplemente gracias, papá.

José David Ruiz Argel.

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