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Respuesta a Julio César Londoño a propósito de su ‘Adiós a Mario’

Cartas de los lectores

25 de abril de 2025 - 12:00 a. m.

Salvo alguna coincidencia, en líneas generales, se me antoja para el olvido la columna del señor Julio César Londoño, publicada aquí el 19 de abril del corriente: primero confunde imperdonablemente a Vargas Llosa con Vallejo, con eso de desear morir en París con aguacero. Luego dice que la poesía no era su fuerte cuando, en efecto, don Mario confesó que no sabía hacer poesía, pero eso no se desprende en absoluto de que su hija se llame Morgana, como pretende el crítico.

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Luego prosigue, “El cuento tampoco fue su fuerte si exceptuamos La ciudad y los perros, una novela compuesta de magníficos cuentos de acción”. Desconozco quién habrá timado al opinante, malinformándole que dicha ficción consiste en un conjunto de cuentos, siendo que, por lo demás, estaría aún por inventarse el género ‘novela compuesta por cuentos’. Posteriormente afirma que el libro de cuentos Los jefes fue malo (único libro de cuentos publicado por el peruano, el cual le valió el premio Leopoldo Alas en España), género del que solo dio a luz tres publicaciones individuales más: el genial Los cachorros (1967), ficción que fue llevada a la pantalla grande por el múltiples veces laureado cineasta mexicano Jorge Fons; y dos muy tardíos, uno de ellos el simpático Los vientos (2021).

Cae Londoño, por otro lado, en una flagrante contradicción al aseverar que Mario fue un mal crítico literario (discrepo de medio a medio), y luego afirmar que “Creyó en una crítica literaria objetiva”. Enseguida sostiene que el Nobel yerra como “Típico adulto mayor neoclásico afrancesado” en asegurar que el arte moderno es basura (cosa con la cual concuerdo sin poseer ninguno de los tres adjetivos antemencionados, y desde mi subjetividad, tal como alguien puede preferir a Maluma sobre Mozart, porque la estética es demostrablemente subjetiva, además de relativa, en lo cual presumiblemente estoy de acuerdo con el columnista).

Considera que el escritor salió de un error “Apoyar al castrismo”, para pasar a otro peor: “Apoyar a los líderes de extrema derecha más impresentables de Latinoamérica”, pero no da nombres. Ni contextos (¿O a veces no toca elegir el mal menor?). Y lo que es peor, no dice cuál de nuestros dirigentes políticos, así adjetivables, puede ser peor que Castro (¿alguien en su sano juicio lo puede concebir?). Huelga decir que Vargas Llosa condenó todas las dictaduras, incluyendo, desde luego, las de derecha: Pinochet, Videla, Fujimori, etc., etc. Y si bien él se describe como “liberal”, sus discursos de tinte político suelen resultar indiferenciables de la narrativa socialdemócrata al uso.

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A continuación, cae en una premisa que pareciera hija de la envidia. A saber, que las pruebas de que el peruano es un maestro de la novela son sus incontables premios literarios, sus doctorados y sus cifras de ventas. Acto seguido, expresa que en sus novelas solo ve “Una prosa desangelada”, y también “La ausencia de personajes de la estatura de Pedro Páramo, Susana San Juan, Juan Pablo Castel o Úrsula Iguarán”. Respecto a lo primero, habría que sugerirle que le dé un vistazo nada más a La fiesta del chivo, Travesuras de la niña mala o El sueño del celta, relatos que señalo adrede, pues los escribió entre sus 64 y 74 años (dando cátedra de no decaer ni empezar autoplagiarse desde los 35 ó 40 como muchos otros). Y sobre lo segundo, le sería recomendable reflexionar sobre algunos personajes como el zambo Ambrosio, Marito, Lituma, Lily, Alberto Fernández, el beatito, etc., etc.

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Finalmente, el columnista ironiza con que Vargas Llosa “Se dedicó en sus últimos años a desempolvar la vieja cantaleta de criticar a la sociedad del espectáculo, mientras adornaba las portadas de las revistas del espectáculo y dormía con una señora espectacular del siglo pasado”. Allí todo es falaz. En primer lugar, no fue “mientras”: La civilización del espectáculo fue publicada en 2012, y la relación con la Preysler inició en 2015. Segundo, el hecho de enamorarse de una mujer ligada al mundo de la farándula, no lo hace a uno ávido de las cámaras, los flashes y mucho menos de las declaraciones íntimas, de la autodestrucción de la privacidad o de pretender hacer de la vida pública de uno, un show banal. Tercero, Vargas Llosa, visiblemente incómodo con ese acoso, pedía a los paparazis respeto por su vida privada, y no sabemos si éste fue un factor que determinó o influyó en la separación con la dama, más de dos años antes de su muerte.

Por último, esta reseña del premio Nobel 2010, que claramente es un varapalo, no disparó hacia sus puntos realmente débiles: Vargas Llosa el político y Vargas Llosa el dramaturgo. Y con respecto a otros dos desempeños medulares: Vargas Llosa el periodista y Vargas Llosa el ensayista, en ninguna línea dijo esta boca es mía. Tampoco se pronunció sobre Vargas Llosa el actor. En fin, lo ya dicho, una columna para el olvido.

Carlos Miranda Passalacqua, peruano, polígrafo positivista.

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