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El pasado domingo 11 de diciembre de 2022, en la mañana, luego de realizar una oración y saborear un delicioso café tosta’o, con el cual celebraba mi regreso a la patria de Gabriel García Márquez tras 28 años de ausencia, me dirigí acompañado de mi amada esposa a una cita con nuestras dos hijas en el Portal Suba. La cita era a las 9:30 de la mañana. Llegamos 10 minutos antes y quise aprovechar para ir a comprar un ejemplar impreso de El Espectador.
Le pregunté a un vendedor de artesanías y me explicó que probablemente lo podría adquirir en el Éxito. Como estaba cerca, nos acercamos presurosos por el ejemplar. Una vez dentro del almacén preguntamos a una de las empleadas por El Espectador y nos dijo: “Todavía no llega, pero tenemos ejemplares de El Tiempo”. ¿Cuánto se demora en llegar?, preguntamos. Parece que está próximo. Déjeme preguntar.
Mi esposa, natural de Jalisco, me recordó que ya habían pasado los 10 minutos e íbamos a llegar tarde a la cita. “Van a ser unos poquitos minutos. No pasará nada, si Dios, el creador, quiere”, le respondí. Se acercó otra empleada y nos dijo: “Ya está en el espacio —un mueble— el ejemplar de El Espectador”.
Mi sonrisa, según Elizabeth, era como la de quien “se acaba de ganar un premio”. Entonces recordé que unos días antes había sido galardonado Fidel Cano Correa con el premio Simón Bolívar Vida y Obra.
La vendedora del Éxito nos dijo: “También pueden leer la edición digital de El Espectador en su teléfono móvil”. “Gracias, pero no tengo servicio de datos en mi celular. Hace unas horas llegamos de México”. “Bienvenidos, qué hermoso país. Allí querían mucho a Gabriel García Márquez”, agregó. “Por supuesto, él era ante todo un gran periodista y amaba el periódico”. “Como usted, ¿verdad?”. Todos sonreímos y nos despedimos.
Al querer hacer el pago en la caja del almacén no aceptaban ni pesos mexicanos ni dólares. Pasó media hora y fuimos a una oficina donde por fin nos cambiaron dólares a pesos colombianos. Mis hijas estaban preocupadas. Habían llamado a varias familiares y una de ellas, para calmarlas, les dijo de manera intuitiva: “A lo mejor anda buscando un ejemplar de El Espectador. Durante casi sus tres décadas de ausencia, siempre nos pide que si le enviamos un ejemplar del diario que fundó Don Fidel Cano Gutiérrez en 1887 en Medellín”.
Le comparto esta anécdota de mi visita más reciente a Colombia. Estuve solamente quince días, en varias ciudades. Siempre busqué ejemplares de El Espectador y uno de mis sobrinos-primos, más jóvenes de esta generación, decidió ponerme el apodo de: El Espectador. Reciba un abrazo grande, felicitaciones por su premio y reconocimiento a su intenso trabajo periodístico.
Fernando Acosta Riveros
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