En Argentina existimos quienes no solo vemos lo que pasa en nuestro país. Porque no hay fronteras, también somos latinoamericanos y cada suceso que ocurre en un país hermano nos duele o nos hace feliz, igual que como si fuera propio. Latinoamérica es una sola y en ella sufrimos o cantamos por igual.
Desde antes del nacimiento de nuestras patrias venimos siendo saqueados.
El azúcar de nuestra América, el café, nuestros recursos naturales, despertaron la ambición angurrienta y violenta de aquellos explotadores que venían en sus barcos a llevarse lo que nos pertenecía, y no solo eso, también vinieron a imponer sus ideas, su religión, sus creencias y sus leyes, nos tomaron súbditos de sus reinos, nos torturaron y nos masacraron, hasta ya no servir más para nada.
Ese sometimiento de los imperios usureros aún existe y es el mismo de aquellas épocas, pero con distintos mecanismos.
En su momento fueron aquellos que se decían modernistas liberales que vinieron a entregar nuestra identidad y soberanía al capital extranjero que alardeaban con un crecimiento económico que a los nadies no llegaba y a ellos explotaba, los fascistas que solo instalaron violencia, los que se entrenaban en la Escuela de las Américas en los Estados Unidos para orquestar el Plan Cóndor, que dejó un tendal de muertos y desaparecidos en todo el continente, el neoliberalismo que alineado a los Estados Unidos funcionó como una fábrica de pobres y de ricos, y privatizaron sueños, y hoy, en nuestros días, el Lawfare, el disciplinamiento de líderes populares y el gobierno de los medios de comunicación y el Poder Judicial.
Hace pocos años empezábamos a sentir una inmensa alegría de ver renacer a nuestra patria, la llegada de gobiernos populares que representan a tantos nadies buscando su identidad, su dignidad y buscando ser parte de un modelo de país que consista en el empoderamiento del ciudadano, de los derechos y de sus libertades.
Ante la creciente ola derechista, el Lawfare a la orden del día, y las fake news, muchos de estos gobiernos, como el de Alberto Fernández, Gabriel Boric y Pedro Castillo, tienden a fracasar.
Recibimos con mucha felicidad y esperanzas la llegada de Lula en Brasil, y en Colombia la de Petro, y por supuesto la de Francia Márquez, una mujer empoderada y negra. Eso sin dudas es un duro golpe al imperialismo.
Porque como siempre digo, no hay poder real, no hay fuerza sobrenatural, no hay absolutamente nada que pueda contra la fuerza de un pueblo. Porque los pueblos siempre vuelven al sitio donde alguna vez fueron felices.
Rodrigo Fronzo, Buenos Aires, Argentina
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