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Sobre espectros musicales

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31 de mayo de 2023 - 02:00 a. m.
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Voy caminando. Suena la misma canción que el lunes pasado. Ha comenzado el ritual una semana más. Miro mi celular. Los habitantes fantasmagóricos que cantan me sonríen desde la pantalla y me hablan al oído. Yo también sonrío. Somos viejos amigos. Una amistad grande se ha forjado a partir de mi atención y sus voces. Hemos creado un puente invisible entre sus vidas pasadas y mi subsistencia presente. Lo que pueda captar de sus códigos me acompaña el resto del día. La melodía precisa para continuar con la rutina. A veces creo verlos en cada esquina de mi ciudad luciendo otras caras, pero con el mismo garbo, el mismo porte de quien está seguro de que ha sido escuchado con pasión.

Yo no sé sí mis amigos me crean. Deben pensar que me estoy volviendo loca. Lo que ellos no saben es que la acción de descubrir nuevas experiencias musicales se convierte en un lugar aburrido y sin gracia. Fingir es una ficción y entonces me limito a lo ya conocido, a lo que mi memoria, a veces fragmentada, reconoce como propio. Quizás intento traer a esta realidad que habito rastros de lo que algún día alguien fue. Es desde esa misma evocación del ayer cuando empiezo a creer en ellos, en los fantasmas. Vivo del recuerdo espectral de la gente que ya no existe, pero sigue cantando. O de los que aún sobreviven en este tiempo, pero reproducen el legado de una pericia antigua.

Es rarísimo, les digo. Esos habitantes quiméricos me nutren. Yo me alimento de sus frutos. Escucho lo mismo todas las semanas y repito canciones sin parar. Como si entre las melodías y las voces permaneciera mi configuración eterna. Me levanto un día siendo Ligia Elena o la nena Magdalena. Borro todas las palabras aprendidas y lo único que se me ocurre decir es “faisanízate”, ante cualquier oportunidad de emitir sonidos. También soy capaz de transfigurar mis formas y una mañana cualquiera decir: hoy quiero ser Juan Albañil o Juan Pachanga. Otro día me acuesto rezándole al Nazareno, asumiendo todas esas súplicas como mías. Y es ahí, en ese preciso instante del abrazo con los fantasmas, cuando les digo a mis amigos que sí es posible vivir en el pasado, aunque no me crean.

Lusdary Martínez Castillo, Barranquilla

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