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Somos todos muy parecidos en el fondo

Cartas de los lectores

03 de octubre de 2021 - 11:59 p. m.

Viviendo en Estados Unidos conocí personas de muchas partes del mundo. Por muchas horas los escuché hablar en distintos idiomas: unos, con acentos muy marcados; otros, con frases muy cortas, y muchos más, con ráfagas de palabras seguidas de respuestas de una o dos palabras. A esto, que puede parecer obvio y hasta pasar desapercibido por un turista, yo le dedicaba gran parte de mi tiempo cuando salía del trabajo y nadie me esperaba en casa. Me gustaba observar a otros teniendo conversaciones, así no pudiera entenderles nada.

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Creo que uno puede aprender mucho de otras culturas cuando se hace el ejercicio de escuchar, ver y contemplar el rostro del otro: la forma en que gesticula, que mueve la boca, que hace pausas o silencios completos, o cuando levanta la voz. El sentido común le dicta a uno como espectador por dónde va una situación, y yo percibía que, por ejemplo, en algunas culturas el tono de voz era mucho más alto cuando estaban en grupo, entre amigos o conocidos. En otras, era común ver que no había tanto contacto visual entre ellos y que preferían respuestas cortantes, con poca gesticulación.

Y yo imaginaba a todos esos rostros desconocidos hablando mi idioma, con acentos cercanos a donde crecí, gesticulando de la forma en la que lo hago yo o mis conocidos. Pensar que fue la casualidad lo que permitió que un afgano, un coreano o un indio hablen sus respectivos idiomas y no el mío siempre me pone a divagar. Y qué mejor que divagar cuando se tiene todo el tiempo para hacerle el quite a la soledad.

Por eso las diferencias más notables entre culturas, incluido por supuesto el idioma, no son más que hechos accidentados que pudieron ocurrir de muchas formas, y reflexionar sobre ello lo hace ver a uno dos cosas: que si uno tiene la oportunidad de viajar y conocer otras personas no se debe dudar ni un segundo en hacerlo, y que, por fuera de esas diferencias tan superficiales, somos todos muy parecidos en el fondo. Traiga a un bebé de cualquier parte del mundo a Barranquilla, por ejemplo, y crecerá siendo de uno, como uno. Esto, de nuevo, que es algo tan obvio, a veces se nos pasa de largo en estos tiempos cuando la xenofobia, el irrespeto y la desconsideración hacia los otros brotan con tanta facilidad.

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Luis Iglesias Monsalve

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