En su discurso en Oslo, en 1993, Nelson Mandela, ganador del Nobel de Paz, afirmaba que es un insulto a la dignidad humana calificar a unos de amos y a otros de siervos, “y transformar a cada uno en un depredador cuya supervivencia depende de la destrucción del otro”. Esa dinámica perversa en la que se mueve el racismo aparece en diversos contextos, y está en consonancia con la estrategia de castigar a quienes no se pliegan a la voluntad del detentador del poder. Como nos enseñó también Mandela en su Largo camino hacia la libertad, se necesita templar el carácter de manera estoica y no caer en las trampas del ego para trabajar de manera duradera en la construcción de la paz y la justicia.
¡Cuánto bien le haría a Colombia tener muchos personajes de las calidades humanas de Madiba! Pienso, en concreto, en el presidente Petro. Este, comprometido en su discurso con la paz y la justicia, protagonizó recientemente dos eventos descorazonadores que van en una dirección equivocada. El primero es el hecho de que el presidente Petro amenace a la rama Judicial con cortarle el presupuesto porque unos magistrados hicieron su trabajo, que consistió en encontrar y atajar una inconstitucionalidad en la manera como el Gobierno planeaba recaudar ciertos impuestos. El segundo hecho es la propuesta de un senador de su partido de castigar a quienes se opongan a su visión de la paz total. Se abre con ello la puerta a la censura, con la excusa de proteger ese bien superior que, sin duda, todos los colombianos queremos alcanzar.
Al parecer, Gustavo Petro todavía tiene dificultad para poner a raya al luchador energúmeno de sus años mozos. Ahora veo que las señales de alerta se estaban manifestado con claridad hace muchos meses. El día de su toma de posesión como presidente de Colombia, interrumpió la ceremonia para hacer una demostración de poder, teatral pero muy significativa, y muy llena de testosterona. Exigió que le llevaran, de manera mediática y en pendencia abierta con el mandatario saliente, la espada de Bolívar que su otrora grupo guerrillero había robado en otro golpe mediático, muchos años atrás. El nuevo presidente ganó ese pulso haciendo ostentación de un objeto de guerra y evocando su propio pasado bélico. Me pareció un gesto contradictorio, siendo que él mismo se pintaba en aquel discurso inaugural como el líder que consolidaría la paz. Lo excusé pensando que tal vez era un detalle menor. Había que confiar en que ya vendrían el cambio y la concordia que nos había prometido. Sin embargo, el asunto parece ser más de fondo, pues ya vamos viendo que el presidente no pierde ocasión para intentar que su ego se imponga a la brava. Me parece que debería trabajar disciplinadamente en asimilar de corazón lo que Mandela vio con lucidez desde un principio: que no es necesario hostigar al otro para prevalecer, sobre todo si lo que se busca es lograr que prospere la paz.
María Mercedes Correa Ortiz
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