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Volver a Rafael Alberti

Cartas de los lectores

06 de marzo de 2023 - 09:00 p. m.

El pasado mes de diciembre, El Magazín Cultural de El Espectador rindió un pequeño homenaje a Rafael Alberti, con ocasión de los 120 años de su nacimiento. La forma nostálgica en que el artículo lo describía sumada a la admiración que profeso por la generación del 27 español me invitaron a volver al poeta. Después de años de no leerlo, me di a la tarea de buscar el camino que habían recorrido sus pasos y encontré, en una pequeña librería de Buenos Aires, una vieja edición de sus memorias, que Alberti tituló como La arboleda perdida (Bruguera, 1980). La edición que cayó en mis manos recoge los dos primeros libros de su biografía, que describen su vida entre su nacimiento y el advenimiento de la Segunda República Española (1902-1931).

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La arboleda perdida es más que apasionante. Escrito durante su exilio, el poeta narra con profunda añoranza el camino que lo llevó desde El Puerto de Santa María hasta la ciudad de Madrid. Los aires gaditanos de su infancia, marcada por el mar y la inocencia, inundan al lector del radiante azul de su niñez: “De muchos azules está llena y hecha mi infancia, en aquel Puerto de Santa María”, decía el escritor. Encontrar al Alberti inquieto, desobediente y rebelde, que sin saberlo se impregnaba de su época para traducirla en poesías, es de sobra gratificante, porque permite comprender mejor su proceso creativo y sus decisiones literarias, esas que lo llevaron a publicar, tras abandonar la pintura, sus primeras obras. En relación con ellas, la historia de Marinero en tierra (1925) y su galardón como Premio Nacional de Literatura son, sin duda, excepcionales.

Pero no menos extraordinario es el relato de su llegada a Madrid. Efervescente de política y cultura, la ciudad albergaba entonces a los más notables artistas de comienzo de siglo. Son especialmente conmovedores los episodios que compartió con Juan Ramón Jiménez, de quien recordaría su “perfil de árabe andaluz”; con don Antonio Machado, a quien cruzaría paseando por Segovia, y con Federico García Lorca —a quien sus seguidores buscamos en cada crónica andaluza de la época—. Destacado lugar en sus memorias otorga Rafael Alberti al poeta granadino, cuyas historias mutuas enternecen hasta el límite. Encontrarlo junto a García Lorca, jugando a los “anaglifos” e inundando de “fuego juvenil” la Residencia de Estudiantes, llena de esperanza el corazón. Sobre todo, porque ese es uno de los lugares en los que algunos todavía soñamos a García Lorca, mucho antes del terrible destino que lo encontraría. Igual que para Alberti, “Federico seguía allí en la Residencia, alborotando celdas y jardines”.

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En definitiva, quiero invitar al lector a volver a Rafael Alberti. Leí La arboleda perdida con interés genuino, con el placer de rencontrarme con el espíritu burlón y de alma quieta que refería Machado. Sus páginas amarillentas darán, a quien las tome en sus manos, una perspectiva de la España de comienzos de siglo XX y, en particular, de la profundidad del dolor de quienes verían sus sueños para ella destruidos por el golpe de Estado y la guerra civil española. Nadie mejor que aquel antifascista andaluz, cuyos poemas han marcado nuestra juventud, para narrar desde el exilio el testimonio de su época. Leer a Rafael Alberti, a los 120 años de su nacimiento, siempre será el más bello homenaje.

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Luis Carlos Pinzón Capote.

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