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El plebiscito en 2016 fue una sorpresa devastadora: más de la mitad de los y las votantes lo hicieron en contra del Proceso de Paz. Entonces nos dimos cuenta de que las redes sociales habían sido decisivas para divulgar desinformación, que el machismo, la homofobia y la transfobia habían llevado a la gente a votar en contra de la quimera de la “ideología de género”, y que medio país era y sigue siendo profundamente punitivista. El plebiscito en Colombia también fue la primera señal de que las ciudadanías se estaban radicalizando. Luego llegó Brexit, la primera elección de Trump, y eso debió ser suficiente para tomar la amenaza en serio.
En 2019 vimos cómo Bukele, el nuevo presidente de El Salvador, invertía en cripto y se hacía llamar en redes “el dictador más cool”, con más de 200 contenidos diarios de propaganda paga a su favor. Bukele logró poner a El Salvador en el centro de la discusión, pero gracias a sus violaciones a los derechos humanos, y se hizo reelegir inconstitucionalmente. Nos sorprendimos cuando en Argentina, que entonces era el país más progresista de la región, Milei ganó contra todo pronóstico, pues todas sus ideas extremas fueron catalogadas como locuras (que se hicieron virales en redes sociales). Milei empeoró aún más las condiciones de vida de les argentines, que ahora necesitan de mínimo tres trabajos informales para sobrevivir comiendo carne de burro, que ya está legalizada. También destruyó todas las garantías de acceder a los derechos conquistados. No hace falta hacer un recuento de lo que pasó luego con Trump II; el mundo lo ha padecido de sobra.
Podemos ir más lejos. En su libro, Anatomía del Fascismo, Robert Paxton encuentra coincidencias entre los movimientos fascistas de comienzos del siglo XX. Una crisis económica y de las instituciones liberales como antecedente, programas de gobierno cortos e imprecisos (el de Hitler tenía 25 puntos), un enemigo deshumanizado que puede cambiar según conveniencia, la instrumentalización del racismo, la primacía de un grupo elegido, la autoridad de un líder que se presenta como outsider, siempre varón, cuyos instintos valen más que la razón, y que se gana el apoyo de las élites y la gente común, que prefiere normalizar la violencia fascista a incomodarse. Aun así, aquí estamos, con medio país votando por un libertario inmoral, amigo y defensor de paramilitares, torturador de gatos, que abiertamente nos ha dicho que planea deshuesar a Colombia y venderla por partes.
En 1998 se estrenó la película alemana “Corre, Lola, corre”, que cuenta la historia de Lola, una chica joven que tiene 20 minutos para salvar la vida de su amante. Una y otra vez Lola intenta salvarlo vertiginosamente, fracasa y vuelve a empezar y cada vez hace algo diferente, y solo en una versión, la última, los dos terminan vivos. “El día de la marmota” cuenta una historia similar, pero en comedia, y ambas películas nos preguntan si estamos condenados a tropezarnos siempre con la misma piedra, o si quizás en un mundo paralelo podemos aprender de nuestros errores y ser mejores. Con estas elecciones se cumplen diez años de estar atrapados en una maldición sisífica, aunque en la vida real no tenemos el lujo de comenzar de cero, y cada autócrata se esmera en hacer más daño y aprender del anterior. Si elegimos a ADLE, sabemos perfectamente esa película en qué termina, y quizás termina peor. Pero no tiene que ser así. Aún tenemos en nuestras manos el futuro del país, y podemos construir uno diferente, que no tiene que ser perfecto, pero sí puede poner en el centro el cuidado de la vida, que es la mejor resistencia antifascista.
