Expertos de todo el mundo coinciden en que las mujeres e infancias, las personas trans y no binarias, y las personas racializadas son las más afectadas cuando ocurren desastres naturales, no porque sean “más vulnerables”, sino porque los riesgos estructurales se exacerban con las catástrofes.
El proyecto “Evidencias para integrar el enfoque de género en la gestión integral del riesgo de desastres en México” del Centro Nacional de Prevención de Desastres, basado en la “Encuesta sobre los Impactos Diferenciados Entre Hombres y Mujeres”, realizada tras el huracán Otis, en Acapulco en 2025, mostró que las mujeres necesitaron más atención médica que los hombres (21,5 % versus 16,2 %) y que solo el 53 % tuvo acceso a esos servicios. Hubo una crisis de salud menstrual que se agravó entre las mujeres y niñas afromexicanas. Además, el 34,55 % de las mujeres asumieron más tareas de cuidado que el 30,1 % de los hombres. Estas cifras parecen cercanas, pero no lo son, porque las mujeres que incrementaron su trabajo de cuidado ya asumían la mayoría de las cargas, mientras que el 30 % de los hombres pasó de casi no tener ninguna responsabilidad de cuidados a tener alguna. Luego de la emergencia, para la mayoría de las mujeres, entre el 56-60 %, estas nuevas cargas de cuidado se convirtieron en barreras activas para volver a conseguir un trabajo. También encontraron que, a pesar de estar entre las más afectadas, las mujeres no ocupan cargos de liderazgo en la organización comunitaria. Esto coincide con un análisis de la Geneva Learning Foundation, basado en datos del terremoto de Venezuela publicados entre el 24 de junio y el 1 de julio, que encontró “que las mujeres y las niñas ya estaban dando respuesta antes de la llegada de cualquier equipo de rescate oficial, y constituyen las proveedoras más fiables de servicios de salud sexual y reproductiva y de atención a la violencia de género en el país. Asimismo, carecen prácticamente de recursos económicos y no tienen representación en las mesas de coordinación”.
La fundación y el CENAPRED también coinciden en recomendaciones como fomentar los liderazgos de las mujeres, especialmente de las que están en organizaciones de base, y fondos de emergencia que puedan usar a libre disposición; habilitar espacios seguros con personal capacitado para la prevención de violencia sexual, Kits que incluyan la PAE y atención psicosocial para casos de violencia de género, kits de salud menstrual; y algo muy importante, datos: “Incorporar el desglose por sexo y edad en todos los informes sobre mortalidad, lesiones y desplazamientos”, de manera que podamos tener información diferenciada para ajustar estrategias de atención y prevención.
La socióloga Margarita Velázquez Gutiérrez dice que “las condiciones de existencia material y simbólica”, que preceden a los desastres naturales, “pueden agudizar, profundizar y seguir reproduciendo la desigualdad social”. Para Velázquez, los campos simbólicos y culturales que anteceden a los desastres pueden aumentar o disminuir sus efectos, y en esa medida, también son una construcción social, que depende de las vulnerabilidades “imbricadas dentro de las relaciones de desigualdad de género y social”.
En Colombia quizás no estábamos preparados para un terremoto de estas dimensiones, pero sí tenemos las herramientas para incorporar desde ya una perspectiva de género y de raza, para que la atención al desastre no termine por amplificar las grietas de la desigualdad.